Castigo

Me planté ante mi amo en cuanto me lo ordenó. Estaba sentado en su butaca, despreocupado de mí, fumando. O por lo menos eso fue lo que pude apreciar. Apenas lo pude ver. Mantuve mi mirada fija en el suelo mientras me acercaba. No se me permitía mirarle a los ojos en momentos como aquel, a no ser que él específicamente me lo ordenase, o me empujase la barbilla hacia su cara, o me tirase del pelo obligándome a levantar la cabeza. Me frené a una distancia prudente a la espera de que me hiciese saber qué debía hacer. Lo escuché levantarse de la butaca y venir hacia mí a paso lento, con el olor del tabaco acariciándome dulcemente la nariz.

Seguí el movimiento de los pies descalzos de mi amo mientras se movía a mi alrededor, estudiando mi cuerpo. Mi larga melena negra sobre mis hombros, a la altura de mis pechos por la inclinación de mi mirada sobre el suelo. Vestido negro, mínimo, ajustado, cremallera, atado solamente sobre uno de mis desnudos hombros. Zapatos de aguja, con infinidad de tiras abrazando mis pies hasta la altura del tobillo. Mis piernas, largas y ligeramente separadas, recordándome en todo momento que nada protegía mi carne allá donde se unían con mis caderas. Empezaba a notar calor bajo el vestido, un ardor irrefrenable, que yo me esforzaba por esconder de los ojos de mi amo. Aquella noche me había saltado dos normas y no quería enfadarlo más, por mucho que aquello hiciese crecer mi excitación.

Empezó por las manos, que yo había colocado obedientemente sobre mi ombligo, bien juntas las muñecas para facilitarle la tarea. Me las ató sin dificultad, como siempre, apretando lo suficiente como para proporcionarme el primero de los latigazos. Aún no había empezado y ya notaba mi piel respirando. Me embriagaba su aroma mezclado con tabaco y me tardaba el momento de sentir sus manos castigando mi cuerpo. Desconocer lo que luego vendría era parte del propio castigo. Hacerle saber que me gustaba en mayúsculas y confundir mi deseo por él con mi deber hacia él eran motivos suficientes para una buena reprimenda. Yo su puta. Él mi amo. Mi cuerpo suyo. Todo listo.

Tras las manos vinieron los ojos. Me los cubrió con un pañuelo y entonces la habitación se pintó de negro. Lentamente, hizo subir la cremallera de mi vestido liberando mis muslos y regalándome un segundo latigazo que no pude disimular. Me flaquearon las piernas por un segundo al mismo tiempo que dejé escapar un breve suspiro. Casi imperceptible, pero no para él, que inmediatamente me agarró de la cara y me levantó la vista hasta lo que intuí que eran sus ojos. Podía olerlo cada vez con más intensidad, y eso dificultaba más aún mi tarea. Acercó sus labios a los míos y, aún sin tocarme, los sentía. No pude evitar entreabrir mi boca. Me mataba aquello. No se me permitía recibir besos de mi amo, así que cualquier acercamiento era una tortura. Nada más que el comienzo.

Soltó mi cara y me preparó enseguida. Subió mi vestido hacia mi cintura dejando mi carne a la vista. Lo desató de mis hombros quedando mis tetas al aire. No dejó en su sitio más que los zapatos, que hizo separar al abrir mis piernas con su rodilla. Cuando ya pensé que todo estaba listo, me sorprendió agarrando el lazo de mis muñecas, haciéndolas subir por encima de mi cabeza y fijándolo a lo que supuse que era una argolla en el techo. Por efecto del movimiento, mi cabeza volvió a erguirse, aunque mis ojos no podían ver más que la negrura de la venda.

Con las manos fijadas al techo, mis tetas al aire, mis piernas separadas y mi centro reventando por debajo de mi ombligo, mi amo hizo saber a su puta que había elegido una lenta tortura para el castigo de aquella noche. No con palabras, mas sí con los primeros toques que fue haciendo sobre mi cuerpo, alternando un doloroso y delicioso pellizco en el pezón con una leve roce en mi excitado clítoris. Un amago de beso (uno más y moriría) mientras agarraba mi cuello para fijar mi cara frente a la suya y matarme de placer por tenerlo tan cerca. No podía verlo sino imaginarlo, visualizarlo sino sentirlo, odiarlo sino desearlo más con cada roce, cada caricia de su aliento en mí…

El calor, su presencia, mi excitación y el nudo en mis muñecas me arrastraban sin remedio a un dulce infierno que conocía y añoraba. Me notaba temblar, me sentía sudar, me esforzaba por mantener mis piernas firmes. Al borde del mareo, en aquella doble ceguera que me impedía pensar, la venda en los ojos y la sangre muy lejos de mi cabeza, inicié el ritual de las súplicas. Con la voluntad anulada y de forma instintiva, intenté sin suerte humedecer mi boca. Quienquiera que la controlase a aquellas alturas, noté mi lengua seca despegarse del paladar y afanarse por dibujar las comisuras para llevar algo de alivio a los huecos entre mis encías y labios. Esfuerzo baldío. Al ritmo de una respiración dificultosa, urgente y exagerada, realicé el primero de mis intentos.

– Perdón – dije, en un susurro ahogado.

No tardé un segundo en sentir arder mi trasero. El sonido del primer azote llenó toda la habitación, y ni mi grito fue capaz de aplacar el calor que subió a mis mejillas, la descarga en mi entrepierna. Me arrancó de mi inconsciencia para traerme a la realidad. Me regaló el primer latigazo.

– Perdón, ¿qué? – preguntó mi amo…

Cuando ya casi había olvidado su presencia, lo sentí de nuevo pegado a mí, a mi espalda desnuda. Desnudo su pecho. Rebosante su polla. Me quemaba la piel. Me sujetaba el cuello con su mano izquierda mientras acariciaba mi nalga con la otra. Lo hizo muy brevemente. En cuanto percibió mi silencio, se ayudó de la derecha para anudar mi larga y lisa melena en sus dedos y tirar hacia él. Elevó mi barbilla al cielo y repitió, en mi oído, elevando el tono – Perdón, ¿qué?

– Perdón, amo – Ya no había sed, ni mareo. Sólo deseo de que tras aquel primer golpe en mi culo viniese otro igual de delicioso.

Atada de manos y sujeta del cuello. Presa, indefensa y dominada. Escuché con atención a mi amo cuando disparó sus palabras directamente a mi cabeza. Cada una de ellas rebotaba en mi entrepierna. Las podía sentir en mi clítoris. Húmedo, excitado, enorme, necesitado.

– ¿Sabes lo que eres, verdad? Eres una puta mala. Una puta muy mala y desobediente. Repítelo.

– Soy… Soy una pu…

– ¡Repítelo! – me disparó, más alto.

– Una puta mala y desobediente- susurré, de nuevo.

– Lo eres. Todos los días. Las 24 horas. Deseas serlo y lo eres. Te follaré, abusaré de ti, te abriré y penetraré, te chuparé, te ataré y te pintaré. Me correré en tu coño, en tu boca y en tu cara. Te humillaré. Te haré todo lo que me apetezca porque eres mi puta.

– Sí

– Sí, ¿qué?

– Sí, amo.

 Apréndetelo bien. La próxima vez que lo olvides, aumentaré tu castigo. Marcaré sobre tu cuerpo lo que eres. Lo escribiré en tus tetas, para que te acuerdes cada vez que te mires al espejo…

– Sí, amo.

Se despegó de mi espalda arrancándome la piel. Lo escuché alejarse. Conté sus pasos uno por uno mientras lo hacía. Cerró tras de sí. Dando un portazo.

FOTO DE PORTADA: JENNIFER HOLDEN
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