Muffin de chocolate blanco

[ Siempre es un placer recibir relatos de los lectores de A Fervenza do Sur. Hoy os dejo con uno de ellos: Muffin de chocolate blanco. ¡Disfrutadlo! ]

Como cada viernes por la tarde, después de recoger a Marta en el trabajo y antes de llegar a casa, fuimos a descubrir un nuevo bar para celebrar que había llegado el fin de semana. En esta ocasión, Marta se quedó anonadada delante de una pequeña cafetería que acababan de abrir. Detrás del cristal se podían observar toda clase de pequeños pastelitos y magdalenas de diversas clases decoradas con gran detalle. Yo soy más de un buen bocata de tortilla de patata o de un trozo de empanada; pero Marta se me quedó mirando con los mismos ojillos que me enamoraron de ella y no me pude resistir.

Al pasar la puerta de aquel pequeño rinconcito, un exquisito olor me envolvió. Realmente había acertado con el lugar pero intenté que no se me notase demasiado en la cara. La semana anterior mi elección había sido un auténtico chasco. Un bar de los de toda la vida con olor a fritanga y unos bocadillos de chorizo que nos repitieron durante tres días.

En esta ocasión Marta lo tenía muy claro. Le había llamado la atención un pastelito de zanahoria cubierto de nata montada y decorado con unos corazoncitos de azúcar. A mi me pareció demasiado repipi, pero que es cierto que invitaba a comérselo a simple vista. El problema llegó cuando el camarero se acercó a preguntarnos qué tomaríaos. No tenía ni idea de qué escoger; un trozo de pastel, una de esas magdalenas grandes, un croissant,… Se lo dije claro: “Mira, a ver si me puedes aconsejar porque no tengo ni puta idea de qué escoger”. El camarero, desbordado por el trabajo que tenía en ese momento, insinuó una pequeña sonrisa por debajo de la nariz y me dijo que me traería un postre que seguro me encantaría.

La verdad es que no suelo confiar en la opinión de un desconocido, pero tenía una mirada muy clara y me dejé llevar. Un muffin de chocolate blanco había sido su elección y la verdad es que estaba EXQUISITO. Nunca antes algo dulce me había gustado tanto pero esta vez había dado en el clavo. Cuando fui a pagar, le di una pequeña propina por su gran elección y me dejó ir una frase que se me quedó clavada en la mente y no me paró de [pasearse] dar vueltas por la mi cabeza durante toda la noche: “Yo sabría darte aquello que te gusta y desconoces”.

“¿Qué me está pasando? ¿A simple vista se me ve un soso que me encanta la rutina? ¿Por qué no para de repetirse esta frase?” Poco a poco me vinieron algunos flashes de el camarero diciéndome aquellas palabras en voz baja con sus labios rozándome la oreja. “¡Por Dios! ¡¿Qué me está pasando?! Yo estoy muy feliz con Marta y paso de todos estos rollos raros. Piensa en tetas, piensa en tetas, piensa en tetas…” Aquella noche me corrí en la cama pero no por pensar en tetas sino en el cabrón del camarero y en su horrible frase.

Esto no podía ser. Así que al día siguiente, le dije a Marta que por la tarde tenía partido con los chicos y me fui directo a la cafetería. Al entrar, el camarero se alegró al verme pero a mí no me hizo ni pizca de gracia; aunque reconozco que lo miré con ojos distintos. Llevaba la misma camisa blanca apretada del día anterior. El muy cabrón debía de pasarse sus ratos libre en el gimnasio para tener un cuerpo mejor que el mío.

Con pasos firmes, me planté ante él y le pregunté sin tapujos qué me había metido en el muffin. Él se sorprendió y me preguntó si me había sentado mal. Pues claro que me sentó mal: insomnio, dolor de cabeza y un calentón impresionante. Pablo, que así es como se llamaba el camarero, me invitó a que me esperase 10 minutos a que cerrase la cafetería y me enseñaría al detalle todos los ingredientes que llevaba ese muffin para que me quedase tranquilo.

Esperé. Esos 10 minutos fueron los más eternos de mi vida.

Me senté en la mesa más alejada del mostrador y de su atenta mirada. Pero había algo que me impedía dejar de observarlo. Lo estudiaba al detalle como nunca lo había hecho antes. Era una sensación extraña. Por un lado, mi mente me ordenaba levantarme e irme lejos de allí, y por otro, estaba ansioso por ver qué ocurriría en unos minutos.

Tocaron las 8:00h y los últimos clientes pagaron la cuenta. Pablo cerró la puerta con llave y con un gestó me indicó la puerta a la cocina interior. Me dejé llevar. Su mirada era tierna pero a la vez salvaje y yo estaba muy excitado. Nunca me había planteado la idea de estar a solas con otro hombre, pero mi cuerpo me pedía a gritos probar cosas nuevas. Podía notar cómo mi corazón se había acelerado y estaba a punto de estallar.

Se puso detrás de mí y noté cómo él también estaba excitado. Me giré de golpe para separarme pero me cogió por los hombros y me lanzó encima de la mesa. Mi polla nunca había estado tan dura como en ese momento. Se acercó suavemente pero me empezó a quitar la ropa con fuerza. Al principio me resistí y cuanto más difícil se lo ponía más cachondos nos poníamos los dos. Le dije que teníamos que parar, tenía novia y estaba feliz. Él me susurró que eso era porque nunca había probado nada por el estilo. En realidad, ya nada me importaba, tenía demasiadas ansias por notar su cuerpo contra el mío.

Él prosiguió marcando el ritmo. Nos quedamos en calzoncillos y se puso encima de mí. Todo él olía a dulce sexo. Cogió nata montada y me la esparció por todo el cuerpo. Estaba fría y notaba cómo todos mis músculos se ponían duros. Con su lengua empezó a dibujar mi cuerpo. No podía más. Tenía ganas de que me tocase mi turno y poder degustar su grande polla. Así que lo agarré y lo tumbé con fuerza. Bajé directamente al paquete.

Sin quitarle los calzoncillos empecé a besar su miembro mientras le miraba directamente a los ojos. Notaba cómo cada vez que posaba mis labios encima de su polla se movía para que la liberase de allí. Le quité los calzoncillos y me la puse en la boca. Al principio pensé que no me gustaría pero, al contrario, se la agarré fuerte con la mano y se la chupé como si me fuese la vida en ello.

Con una gran agilidad, bajó mis calzoncillos y nos quedamos en un 69. Tenía ganas que también me la comiera a mi, pero pasó de largo y me empezó a lamer el culo. Era una sensación extraña, aún más cuando me introdujo sus dedos. Esperaba que me hiciese daño pero, y al contrario, morí de placer. Él estaba tan cachondo que se corrió en mi boca, y yo, al sentirlo gemir de placer, me uní a él.

A partir de ese día, mi vida cambió y el muffin de chocolate blanco se convirtió  en mi postre favorito.

foto de portada: wwwok
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