El amante exquisito

– Mírate al espejo.

Giré la vista hacia la izquierda y allí estaba, mirándome fijamente, esa silueta que rezumaba sexualidad por cada centímetro de sus largas piernas, por cada puntada del encaje de su ropa interior negra, en la larga melena que le caía despeinada sobre los hombros hasta casi cubrir sus pezones. Apoyada contra la pared únicamente por la parte alta de la espalda, y contra el suelo por efecto del empuje de la punta de los dedos, dibujando un triángulo, me vi en el espejo tal y como me lo había pedido el más exquisito de mis amantes.

No había decidido qué papel jugaría aquella noche, y supe que no tendría que hacerlo en cuanto sentí su mirada atravesarme, sus manos agarrarme el cuello y su lengua buscar la mía. Nada más abrir la puerta tuve claro que sería quien tuviese que ser. La diosa cuando me pidiese disfrutarme en el espejo. La puta cuando me ordenase arrodillarme. La lista para no perderme en aquellos ojos que me miraban y me contaban sin palabras el goce de penetrarme. Lo hacía suave y delicado, rozando fondo y perfección al mismo tiempo. Se deleitaba observando cómo me doblaba con cada latigazo de su cuerpo en mis entrañas y cada palabra en mis oídos. Me follaba la mente como nadie y mientras violaba mis ideas en lo alto de mí, me deshacía con húmedas descargas en mis partes más bajas.

Me vi en aquel espejo y sonreí a la diosa. Le agradecí su repentina visita mientras ella me guiñaba un ojo y me indicaba que regresase a escena. Volví la cabeza hacia él con la misma sonrisa y le invité a observarme mientras mojaba dos de los dedos de mi mano derecha, que luego haría viajar lentamente más allá de mis pechos, más allá de mi ombligo. Al borde de la cama, reclinado sobre sus codos, descalzo, lascivo, despeinado, era capaz de tocarme sin siquiera acercarse. Aún notaba el sabor de sus labios y la humedad de su lengua en mi boca. La había saboreado momentos antes, mientras le desabotonaba la camisa con calculada lentitud, combinando lengua, con palabras, con botones, con saliva y deseo…

Me observaba desde la cama y yo notaba el calor de sus ojos dibujando el camino que mi mano derecha trazaba desde el interior de mi boca, acariciada allí por mi lengua, recorriendo el contorno de mi barbilla para bajar por mi cuello y entretenerse en mis pechos, que anunciaban con la dureza de mis pezones su deseo de ser lamidos. Sin apartar la vista de sus ojos, dejé que la inercia empujase mis dedos hacia el ombligo, de forma ya irrefrenable, y se perdiesen bajo el encaje de mis braguitas, en las que descubrí, no sin sorpresa, una más que evidente humedad. Mi cuerpo se había preparado para él, y así me lo hacía saber, pero habíamos decidido por consenso de las tres –la diosa, la puta, la lista- y con la venia de mi exquisito amante, que jugaríamos un poco antes de subir al cielo.

Dejé escapar un leve gemido cuando mis dedos llegaron a su destino y él respondió con un jadeo de asentimiento. Sonreímos los dos a un mismo tiempo mientras mi mano derecha jugaba dentro, la izquierda ardía sobre mi vientre y mis piernas empezaban a flaquear. Aquella escena empujó a mi exquisito amante a plantarse ante mí y usar los índices para hacer bajar mis braguitas lentamente por mis muslos. Pude notar su erección en el gesto de su cara. Una vez en los tobillos, y liberada ya del encaje, mi mano fue llevada por la suya hasta su boca. Me saboreó con gusto, y lo hizo lento, excesivamente lento para lo excitada que yo estaba. Tanto que mi pelvis empezaba a retorcerse y dibujar movimientos en busca del alivio deseado.

– Fóllame.

Le supliqué. Cerré los ojos.

– Por favor, fóllame.

Reiteré mis desesperadas súplicas mientras mis manos buscaban un nuevo punto de apoyo. Mis piernas habían perdido toda capacidad de sostenerme  o de aliviar mis retorcidas y dolorosas ansias sexuales, así que me encontraba en pie ya sólo por efecto de la pared. El calor me empezaba a nublar la vista y se manifestaba en gotas de sudor que notaba resbalar por mi cuello. O quizás no. No sabía. No veía. No estaba en mí. Él tampoco, y aquello me mataba.

En un repentino espasmo, intenté llevar mi mano derecha de vuelta al centro de mi tierra. Me la interceptó con tal rapidez que me hizo volver en mí y abrir los ojos. Recuperé el aliento y entonces lo vi. Desnudo. Hermoso. Empalmado. Perfecto. Se había deshecho de sus pantalones en algún momento de mi quasi pérdida de consciencia para mostrarme lo que aquella noche tenía para mí. La diosa estaba rendida. La puta me empujaba al suelo. Y la lista me recordaba que mi gravedad pendía de un hilo. Sin consenso en esta ocasión, quedé inmóvil observando cómo los labios de mi exquisito amante se acercaban dejando escapar un delicioso aliento. Me preparé a recibirlos entreabriendo mi boca, pero la suya decidió desviarse hasta mi oído…

– Puta.

Puso fin a la escena a cámara lenta agarrándome con fuerza y haciéndome girar sobre mí. Me colocó contra la pared, subió las manos por encima de mi cabeza y, con un estudiado gesto de su rodilla, separó mis piernas. Se abrieron mis labios. Se abrió también mi boca por efecto del jadeo. Se abrió el centro de mi tierra y mi erección llegó al extremo justo cuando noté su pene encajar perfectamente desde atrás. Su mano izquierda sujetando las mías, sobre mi cabeza, inmovilizadas contra la pared. La derecha rodeándome los pechos y pegando mi espalda contra su piel. Notaba su calor extremo. Su aliento en mis oídos. Su intensa respiración. Sus manos sobre las mías. Su penetración animal…

Con mi cuerpo preso del suyo, empecé a emitir ese extraño, indefinido e inconfundible sonido que precede a mis muertes por placer. Me rendí en cada embestida que mi amante me regalaba desde atrás. Por orden expresa, volví a girar la vista hacia el espejo, que seguía allí, mostrándome ahora cubierta de la cabeza a los pies por aquel hermoso y perfecto cuerpo, acoplado a mí y encajado de la forma más deseable posible. Nos observamos los dos, sin dejar de movernos, acompasados, reflejados en el espejo, sudorosos y húmedos, brutalmente excitados y a punto de morir con cada empuje de su inmensa polla contra mi punto G, con un ritmo sublime y animal. Voluntario e inconsciente. Exquisito.

No tardó en llegar. Mis piernas se doblaron mientras su brazo derecho me apretaba los pechos con espasmos descontrolados. Nos deshicimos al unísono. Nos dejamos. Nos rendimos. Grité yo, gritó él. Exploté yo, explotó el. Y la habitación quedó en silencio.

Recuperé la consciencia justa para mirar al espejo y sonreír. Ni la puta, ni la diosa ni la lista. Sólo yo, simplemente yo. Presa del más exquisito de mis amantes.

foto de portada: Jorge Mejía
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