El juego de no conocerse

[accede a la versión en gallego]

Aquella noche habíamos decidido actuar por separado. Cenamos juntos, esta vez en mi casa, para establecer las reglas del juego. Lo que yo haría, lo que él me dejaría hacer, lo que haríamos juntos una vez la partida culminase. La primera norma la cumplimos durante la cena: nada de roces, ni miradas, ni siquiera respirarnos. La prohibición explícita y la visión de lo que luego vendría dificultaban mi parte de la responsabilidad. Ya estaba excitada en el primer plato. También la suya: me era imposible no detectar el bulto en sus pantalones cada vez que, estratégicamente, le pedía que me acercase el queso rallado de la cocina, o rellenase la cesta del pan. Damián se mostraba muy servicial aquella noche. Lo imaginaba igual de servicial a los pies de mi cama y entonces el bulto de sus pantalones se quedaba en nada al lado de mi erección, que me obligaba a removerme en la silla y cambiar el cruce de piernas a derecha e izquierda. Dudaba de mi propia capacidad para cumplir las normas que, entre tostas y platos de pasta, íbamos haciendo oficiales.

– ¿Qué te vas a poner, Nela?

– ¿Es que ahora me tutea, señor Moreno? Creí que no éramos más que unos auténticos desconocidos… -le espeté, rozando la ilegalidad en relación a la norma del coqueteo.

– Cierto, señorita Bernal. Discúlpeme la falta de educación. Le preguntaba sobre su atuendo para esta noche.

– ¿Es curiosidad o un ítem a consensuar?

– Un poco de todo – el veto al coqueteo ya casi prescribía.

– Puede dejarlo en mi mano. No le defraudaré.

Con el juego visiblemente comenzado, seguimos la cena consensuando normas y estrategias. Era excitante poder visualizar lo que, con aparente frialdad, íbamos poniendo sobre la mesa. Yo llegaría a la una y media. Él lo haría 30 minutos más tarde, cuando todo estuviese encaminado. Así que a medianoche, como con síndrome de Cenicienta temerosa de las calabazas, Damián se despidió cortesmente, ofreciéndome un apretón de manos que pude notar en mis piernas, y desapareció en cuanto cerré la puerta. Volví la vista al fondo del pasillo. Mi cuarto. Hora de disfrazarse.

Una ducha rápida me sirvió para meterme en el guión. Cerré los ojos y convertí en mil manos el agua caliente que golpeaba mis pechos y caderas, dibujando mi silueta suavemente, cayendo por mis largas piernas hasta perderse. Esquivé la tentación de llevar las mías a mi entrepierna y me conformé con el roce de la esponja enjabonada en la zona interior de mis muslos, sin llegar a tocarme siquiera. Dibujaba las ingles con cuidado de no traspasar la frontera. Si lo hacía, acabaría por buscar el orgasmo, y estaba segura de que lo encontraría sin dificultad. Pero no. Aquella noche no. Ese no era el objetivo.

Volví a la habitación, ya seca, y paré un instante ante el espejo. Me gustaba lo que veía y disfrutaba con la idea de excitar a Damián. Pensé que no incurría en ilegalidad si me regalaba una breve caricia en mi zona púbica. Lo hice muy suavemente, temerosa de perder el control, y verifiqué que, efectivamente, no había peligro. Así que me sometí a la Nela juguetona y, mientras con la mano izquierda sujetaba mi larga melena en lo alto de la cabeza, llevé dos dedos de mi derecha a la boca para humedecerlos levemente con la lengua y volver abajo. Lo hice dejándola caer, abierta, desde el ombligo, y cuando el anular rozó el comienzo del clítoris cerré los ojos con satisfacción y sonreí. La excitación me golpeó inmediatamente. “Una pequeña carga no me vendrá mal para el juego de esta noche”, pensé. Me obsequié con un rápido paso por mis labios vaginales y me dispuse a prepararme. Las doce y media. Vamos.

Un sujetador push-up con encaje negro. Mis pechos rebosaban en las copas. Un mínimo tanga a juego dibujando las redondeces de mis nalgas. Una blusa granate, sedosa, más transparente que tupida, que caía con gracia hasta el comienzo de mis caderas. Unos leggins oscuros, imitando cuero, resaltando la longitud infinita de mis piernas ayudados por mis zapatos fetiche, mis corte salón de aguja fina sobre los que me había paseado en mi primera visita a la casa de Damián la noche del vino y la cena para tres.

Verifiqué mi atuendo en el espejo. Correcto. Un aspecto descuidado pero estudiado al milímetro. Me aseguré de que con los tres primeros botones liberados se alcanzase a ver bien la unión de mis pechos, que parecían querer salir de la camisa, redondos y bien erguidos. Estaba segura de que no defraudaría al señor Moreno. Cola de caballo para mi larguísima melena y pinturas de guerra. Un par de vistazos más. La una en punto. Chaqueta de cuero y llaves. Hora de salir…

PARTE 2

Llegué a la discoteca a la hora acordada. A pesar de las restricciones impuestas, la cena en casa de Nela me había calentado lo suficiente como para tener que cambiar de ropa interior. No había ningún tipo de norma en cuanto a la vestimenta, pero ella prometió no defraudarme, así que yo hice lo propio. Escogí los bóxer CK en color negro, ajustados, marcando bien el bulto de mi paquete, los vaqueros que mejor trasero me hacen, en azul oscuro, un polo negro y mis Le Coq favoritas. Discreto, bien. No era yo quien debía llamar la atención aquella noche.

Pasé toda la cena empalmado. Tener a Nela enfrente y no poder tocarla era demasiado para mí. Me esforzaba por mirarla a los ojos, y lo hacía, pero lo que veía no era su cara sino su nuca, su melena anudada en mi mano, su cuerpo a cuatro patas y yo detrás, castigándola de placer. De vez en cuando le sonreía y asentía, o repetía alguna de sus palabras, bien atento a cualquier pregunta trampa que pudiese venir, y ella parecía satisfecha de su interlocutor, mientras mi polla golpeaba la cremallera del pantalón pasando de la amenaza al ultimátum. Ni quise esconder la erección ni me importaba que ella me la notase cada vez que me pedía que me levantase a buscar más pan o para acercarle el queso rallado. Parecía muy interesada en hacerme sacar el culo de la silla, pero más interesado estaba yo al pillarla comiéndome con los ojos el bulto de mis vaqueros, crecido con los poco discretos coqueteos de Nela, de mi Nela.

Sin romanticismos ni pasteladas, fuimos repasando las fases del plan y las normas del juego. Decidí que no llegaríamos al mismo tiempo, prefería aparecer cuando ya estuviese el ambiente preparado, y ella aceptó sin rechistar. No fue tan sumisa cuando le quise preguntar por la ropa. Al contrario, fui yo el que cedí a sus intenciones. Al fin y al cabo, y pese a lo estructurada que teníamos la noche, el factor sorpresa podía ser muy interesante. Nos despedimos en la puerta Nela, mi erección y yo con un cortés y profesional apretón. Aunque no era a sus manos a donde en verdad quería llevar las mías. La miré de nuevo a los ojos y la vi pegada a la pared, cabalgando sobre mi cintura y rota por mis embestidas. Y esa fue la imagen con la que salí de su portal, con la que arranqué el motor de mi Volvo y con la que finalmente me masturbé en el baño, una vez llegado a casa.

Así que cuando, a la hora acordada, llegué a la discoteca, el bulto de mis pantalones era el que yo llevaba de serie. Cero erecciones. El portero me saludó con un ‘Buenas noches, Sr. Moreno’ que me empachó el ego y se ofreció a guardarme la chupa de cuero. Accedí con satisfacción, consciente de las miradas asesinas de la interminable cola que desembocaba en la puerta del local y que por supuesto había pasado por alto.

– ¿Sabes si Nela está dentro, Max? – le pregunté.

– Sí, señor Moreno, llegó hace como media hora. Me dijo que usted vendría más tarde. Permítame que le diga que esta noche está imponente- me espetó.

Lo miré inmediatamente, ya sin cortesías.

– Me refiero a Nela, señor Moreno – me aclaró.

Y, pese a la oscuridad del hall, casi pude verlo ruborizado. No le puse pegas a su apreciación. El plan transcurría sobre la marcha. Le di las gracias a Max y bajé las escaleras, dirigido por la música y las luces que venían del fondo.

Miré el reloj. Un minuto para las dos de la madrugada. Decidí hacer una parada técnica en la primera barra, la de la entrada. En los escasos segundos que el camarero tardó en percatarse de mi presencia, tuve tiempo de detectar la mirada fija de la morena que, a mi derecha, agitaba un gin tonic de forma un tanto exagerada. Me sonrió. La miré bien. Follable. Nada más.

– ¿Vodka, señor Moreno?

– Sí. Gracias, Javier.

– Si está buscando a Nela, la tiene en la pista, abajo. Y déjeme que le diga que esta noche está impresionante.

Sin necesidad de aclaraciones, Javier se ganó la propina y yo me gané mi primer impulso instintivo. Intenté mantener la calma. Cogí mi vodka, sabiendo de la aún fija mirada de la morena follable, y, pasando descaradamente, le di la espalda para asomarme a la barandilla. El local estaba lleno, pero no me costó encontrarla. Morena, altísima y sexy, increiblemente sexy. Leggings negros, blusa granate de seda y aquellos zapatos de nuestra cena con Lucas. Espectacular. Efectivamente, sin defraudar. Bailando con la copa en la mano. Y convertida no sólo en mi objetivo, sino en el de otros muchos instintos animales apiñados a su alrededor, hipnotizados por sus caderas, ignorados por Nela. Miró el reloj y dirigió la mirada hacia mí. Desde arriba, levanté mi copa invitándola a seguir. O a empezar. Discretamente, me guiño un ojo y se mojó los labios. Arrancaba el juego. Y yo volvía a estar empalmado.

PARTE 3

A la una y media de la madrugada ya estaba paseando mis infinitos tacones hacia la entrada. Temí por un segundo que la interminable cola en la puerta de la discoteca echase por tierra todo el perfecto plan urdido sobre la mesa de mi comedor, pero un siempre atento Max se apresuró a hacerme una seña para abrirme paso. Le respondí con una sonrisa y sentí el rubor ascendiendo por mi rostro a medida que avanzaba de forma paralela a un cóctel de miradas de sorpresa e ira. Agitadas no mezcladas. Me incomodaba sobremanera aquella muestra pública de privilegios o exagerada solemnidad, y cualquier otro día habría esperado. Por lo menos unos instantes, procurando alguna forma de discreción. Pero no aquella noche en la que ya me movía tres minutos sobre la hora acordada.

Discreción no fue precisamente lo que Max manejó al saludarme. Correcto, como siempre. Pero sus ojos, a la altura de mis pechos por efecto de los tacones, no supieron ver más allá de la línea horizontal que proyectaban sobre mí, así que cuando terminé de quitarme la chaqueta de cuero, hube de carraspear para hacerle despertar del trance y entregársela. La recogió muy educadamente pero temeroso, estoy segura, de que su cabeza, ahora encendida más allá de mis rubores, estallara. Le sonreí y toqué el brazo de forma familiar, para tranquilizarlo.

– Gracias, Max.

– Buenas noches, Nela. Ehmm… El señor Moreno no ha ven…

– Lo sé. Espero verlo en un rato.

Asintió con la cabeza, o la agachó en un intento por ocultar su visible incomodidad con la situación, arrancándome una sonrisa y un nuevo toque de brazo a modo de despedida, tras la que avancé hacia el interior del local. Con mis dos primeros pasos, ya pude distinguir a David Guetta y Snoop Dog invitándome a sudar. Sabía que de una manera u otra acabaría haciéndoles caso, y de hecho ya empezaba a notar que la electricidad me recorría el cuerpo y  me movía con ritmo inconsciente hacia la barra de la entrada, haciendo caso omiso de las miradas del pasillo. Pese a los nervios, o tal vez emoción, de aquella noche, conseguí sentirme sexy, ayudada por mi acertada decisión de no descargar bajo el agua de la ducha.

La sonrisa de Javier tras el mostrador me devolvió a la tierra y me recordó que el plan seguía en marcha y que, según mi reloj, Damián llegaría en poco más de un cuarto de hora, lo que me dejaba un ajustado margen para ponerme en situación y lanzarme a la pista. Sin mediar palabra, con un simple juego de cejas me preguntó qué tomaría. Acorde con su minimalismo expresivo, le indiqué con un leve asentimiento de cabeza que tomaría lo de siempre. Veloz y efectivo, me plantó una copa con una rodaja de lima y, mientras mezclaba a dos manos aquel prodigioso cóctel, repasó lo que asomaba de mi cuerpo sobre la barra.

– Espectacular- me dijo, ya mirándome a los ojos.

Le sonreí. Desde hacía tiempo, Javier mantenía un extraño coqueteo conmigo que yo solía bloquear con la mejor de mis sonrisas, pero me preguntaba a mí misma si sería capaz de mantener aquello bajo control eternamente o si, por el contrario, debía empezar a pensar en cambiar de local. Difícil plan B, y no sólo por lo mucho que a Damián le gustaba aquel sitio, sino por encontrar una excusa lo suficientemente buena como para convencerlo. Y desde luego que el tentador coqueteo de Javier no era una opción.

Conseguí, por aquella noche, mantener activo el bloqueo. Así que puse la mejor de mis sonrisas, y la mantuve con especial dificultad cuando me hizo saber, sujetándome repentinamente la mano, que mi dinero no era bien recibido. Con un esfuerzo por permanecer erguida y hacer caso omiso a las señales de mis instintos más irracionales, di media vuelta y me dispuse a bajar a la pista, no sin antes darle un buen trago a la copa y activarme al sentir el alcohol resbalando por mi garganta.

Un nuevo vistazo al reloj para comprobar que Damián asomaría en pocos minutos fue suficiente para llevar mis piernas al centro de la pista y empezar el juego, comenzando por un repaso de los que serían figurantes y parte implicada en nuestro teatrillo, que estaba a punto de izar el telón. Me mezclé entre la multitud y enseguida me sentí cómoda pese a las indiscretas miradas que me repasaban en vertical una y otra vez mientras mis caderas iniciaban su acostumbrado ritual. Cerré los ojos por un instante. Cuando los abrí, un agradable escalofrío recorrió mi espalda. Sonreí ante la certeza de que él se encontraba cerca, y llevé mis ojos adonde minutos antes me había hecho con mi copa. No me hizo falta enfocar la barra. Unos pasos por delante de ella, Damián, espectacular con su polo negro y su calculado pelo despeinado. Salvé la tentación de correr escaleras arriba y me ceñí al guión. Levantó su copa, supuse que abriendo el primer acto, y yo le respondí con un guiño de ojo. Me pasé la lengua por mis labios recreándome en el sabor de la lima y le di la espalda para buscar a la primera de mis compañeras de reparto. No tardé en encontrarla y arrancar con la representación.

(continuará…)

 

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