Playa de sal y empanada de millo

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'Y la luz dorada sobre tu piel' (Julia Antonio, 2009)

En la mesa, jarras y dedales de licor café a medio beber, restos de una  empanada de millo e incontables colillas consumidas. En mi cabeza, la justa medida de consciencia para ver la escena, pero nada más: ni pensar, ni hablar, ni tan siquiera mover el cuerpo. Sí la cabeza, pesada como el hierro, para notar otra presencia. Durmiendo en el mismo sofá, en sentido opuesto a mí, como si me mirase en un espejo. El pelo azabache resbalándole hacia el suelo; los labios rojos, encendidos, separados; los restos de salitre tatuándole las mejillas por debajo de los ojos y cambiando de forma con la respiración que, intensificada por momentos, le separaba la blusa –abierta, como descuidada- a cada golpe de aire. Súbitamente, me invadió el deseo de limpiársela con la lengua. Me incorporé, poseída por el instinto. Me conformé, sin embargo, con ponerle una mano en la rodilla. Estaba caliente, pero no menos lo estaba yo, que ya podía notar una marea febril fervendo por el sur y enrojeciéndome el rostro. El sol de la playa de aquella tarde había abierto el camino. El licor café y los manjares de la tierra habían hecho el resto. Luchaba por no explotar en llamas pero no encontraba otra vía para apagarlas que no fuese acercarme a ella y dejarme ir hacia donde mis instintos me empujaban con una fuerza descontrolada. Decidí hacerlo. Pero lentamente…

En una acción a cámara lenta, mi mano ascendió por aquel muslo de seda, resbalando ella y recreándome yo en cada rincón, en cada peca, en lo dulce y apetecibles que se me mostraban las prietas carnes de mi musa, mi repentino, y en parte desconocido, objeto de deseo. Alcancé el pliego de sus nalgas y cerré los ojos. De no hacerlo, habría perdido la consciencia entre sofocos y latidos desbocados. Tomé aire y mi mano continuó el camino hacia lo salvaje, perfilándole el cuerpo, sinuosas caderas bailando al ritmo de los pulmones y reducida cinturita, la braga del bikini huyendo del raído pantalón playero y restos de arena en aquel obligo perfecto. Mi paso por sus brazos no fue más que un trámite para alcanzar los botones de la camisa, que se abrieron sin protestar a mis órdenes, uno tras otro, hasta enseñarme los pechos de la musa dormida en su perfecto contexto. Más tatuajes de salitre, más calor y pecas, más deseo y calentura, más seda resbaladiza llamando a mi mano ya perdida entre las redondeces de los pechos y resistiendo los golpes de respiración… Para seguir ascendiendo, no sin antes recrearme en aquellos pezones que casi perforaban, por efecto del destape, las telas de un minimalista traje de baño que ya sobraba. Quemada por el sol de la Costa da Morte y con sabor a mar, aquella piel era el lienzo perfecto para dibujar tan inéditos como soñados deseos míos que por fin luchaban por salir de aquella prisión onírica.

Una chispa me despertó de mi momentáneo letargo al contacto de mis dedos con sus labios. Estaban húmedos como la habitación y latían, o latía yo, con el pulso derretido. Con el extremo de mi anular, y con un roce casi invisible, recorrí la boca de mi amiga dibujando una apertura que descubrí perfecta pata encajar mi lengua. Lo visualicé con gusto y enseguida me invadió el placer. ¿Qué no sentiría de hacerlo real? Mi fervenza estaba viva como nunca y mi boca sedienta suplicaba continuar el camino iniciado, acercarse a esos otros labios dormidos y liberar tanta excitación acumulada. Así lo hice, fuera de mí, sofocada y con un delicioso temblor de piernas. Me supo a sal, a empanada de millo, a una tarde en la playa, a dedales de licor café, a años de confidencias y secretos, a crema de moras…

Abrí los ojos y pegué un salto. Frente a mí, y cortando como cuchillos, quemando como dos cerillas, los ojos de mi musa, clavados en los míos, haciendo daño, con un tinte de sorpresa e incerteza… Me asusté… Ella no: acercó su mano a mi cara en un segundo que me parecieron mil, con su rostro también enrojecido: ardía con el enfado o de excitación fervenceira? Tuve que esperar a que me tocase para saberlo…

'Deslízate' (Julia Antonio, 2009)

[parte II]

… pero lo supe enseguida. En los dos segundos que se demoró en echar una mano a mi nuca, atar sus dedos a mi cabello y regalarme un suave y exquisito beso. Fue como imaginaba. Húmedo, caliente y salado. Me supo al mar en el que horas antes nos deleitábamos entre inocentes juegos. Aquellas manos que me habían untado en crema jugaban ahora en mi cuello. Aquellos labios con los que había compartido secretos mojaban los míos al contacto con las lenguas. Aquel traje de baño que habíamos comprado juntas en las rebajas empezaba ya a desaparecer, sus pechos al descubierto y nada bajo la cintura, los pantalones en el suelo y la braga en las rodillas, abriéndole paso a mis manos hacia su vagina, amigable y receptiva, ardiendo como yo. Recorrí de nuevo aquel camino muslo arriba para esta vez desviarme hacia el centro, hacia el corredor de placer, hacia su ardorosa entrepierna que estaba deshecha de calor. En la mía se cocinaba un caldo de placer, la notaba yo caliente y empapada, y la movía al ritmo que me marcaba su acelerado pecho. Con ese mismo compás acariciaba dulcemente su sexo, abierto como una flor, a punto de reventar, y mis dedos se deslizaban hacia abajo, empujados por el flujo de la excitación. Y por la fuerza de sus pechos bailaba mi lengua, que entonces ya dibujaba círculos en sus pezones, rosados, hermosos, exquisitos y sabrosos. Su cuerpo ya no le pertenecía pero, en un esfuerzo por controlarlo, dobló la cintura y acercó su boca hacia mí, susurrándome algo al oído, no sin dificultad. Para pronunciarlo ella, para entenderla yo, entre tanta respiración y ráfagas de excitación astronómica.

‘Picarona’… le pude entender …

Ella disfrutaba con mis acompasadas entradas en su coño, y así lo demostraba retorciendo las piernas, mordiendo los labios, tocando sus pechos como queriendo arrancarlos de aquel cuerpo ya fuera de si, gritando de placer…

Yo miraba aquellas piernas abiertas con la mayor excitación del mundo y un punto de curiosidad. Su sexo era hermoso, estaba vivo y se abría en una deliciosa erección. Se me mostraba apetecible y no esperé para probarlo. Lejos de mis prejuicios o miedos, fue una acción que se me antojó perfecta en su total normalidad. Y así como mi fervenza, convertida en caldo, me dio la orden, respondí acelerada y metí la lengua en aquella golosina rosada, la saboreé desde donde se unía con las nalgas hasta donde dibujaba una mínima vegetación púbica. Lentamente al principio, por ver la reacción. Más piernas retorcidas, la boca mordida y los gritos de placer rompiendo el silencio de la noche fueron suficientes para que elevase el ritmo de mi comida, hundiendo la nariz entre todos los labios de aquel maná, de aquel paraíso de placer, empapándome de su dulce licor que, lejos de apagar la sed en mi garganta, encendía mi excitación, mi esfuerzo y el ritmo de mis pulmones.

Ella gritaba y yo embestía, y cuando noté que aquello explotaba levanté la mirada para verle la cara, aquel rostro roto de placer, aún más hermoso mientras el cuello se retorcía hacia atrás. Quise besarla en aquellos instantes en los que se acercaba al final del trayecto. Con una mano rebuscaba yo entre sus piernas la llave que le abriese las puertas a aquella imparable marea. Un dedo para estimularla y hasta cuatro para penetrarla. Con la otra, la agarré bien del cuello para comerle la boca. Literalmente. Y ella buscaba hacer lo mismo, pero ni la lengua ni los labios eran ya suyos. Se guiaba por alguna fuerza que, desde dentro, la convertía en muñeca de cera, derretida por momentos, retorcida en cada golpe de mi mano dentro de ella, y fuera, y dentro, y mi lengua luchando con la suya y mojando, como mojaba también su coño, abierto, vivo, roto, erecto, empapado de su licor, grande más grande, inmenso, explotando…

Me explotó en las manos. Y su orgasmo fue ensordecedor, una bomba de alegría por la que mi amante lloró. Lloró mientras daba las gracias. Y al mismo tiempo soltaba carcajadas que me llenaron de felicidad, pero que no me hicieron olvidar el caldo que hervía entre mis piernas y que suplicaba por huir de mí. Algo había que hacer. Y ella lo sabía. Y me lo hizo saber. Me acomodé en el sofá y separé las piernas. Era mi momento…

'Pensarte' (Julia Antonio, 2009)

[parte III]

Para sorpresa y alivio de mi deseo, pude ver como mi picarona volvía en sí al tiempo que dejaba de ser yo para rendirme a lo que ella quisiese. Así que cerré los ojos y cuando todo lo que podía ver era ya oscuridad, descubrí que no había más ruido que el de mi piel respirando sudor y de mis nalgas rozándose contra las telas de un sofá que no me daba alivio. Y los gritos de auxilio que huían de mis labios fervenceiros, los del sur, pidiendo lengua ajena que bebiese todo aquel zumo que resbalaba por mi encendida vagina. Necesitaba ser penetrada de urgencia, aún mantenía el ritmo de las embestidas prendido en mi cuerpo y movía las cachas en leves círculos buscando fricción…

Cuando abrí los ojos me descubrí sola. Tuve que pestañear y pienso que lo hice al compás de mis latidos acelerados golpeando en el pecho, retumbando en mi coño. No había más rastro de mi amante que la mojadura en el sofá y el olor a sexo. Dudé por un instante de falsas ilusiones inducidas por el traicionero licor café y me vi incapaz de levantar la cabeza por miedo a no poder recuperar el sueño justo donde lo había dejado. Así que volví a la oscuridad por dos segundos. Esperé. Esperé un poco más, y cuando me decidí a despertar e incorporarme ya las manos de mi amante empezaban a trabajarme desde el ombligo.

No había suavidad, ni delicadeza, ni romanticismo. Aquello era salvaje, y tal como venía lo recibía yo con alivio de la realidad y con deseo. Había química. Todo entre nosotras era química. Un exitoso experimento de resultados excepcionales. Bajó al suelo, rodillas contra la madera, y me acercó hacia ella agarrándome de las nalgas. Ella tenía hambre y yo necesitaba ser comida. Ella quiso comer, yo quise jugar. Mientras me acomodaba, hice un rápido movimiento con mis piernas para juntarlas y ella reaccionó rápido, intentando abrir a la fuerza las puertas de mi placer. Me resistí y elevé mi excitación al techo mientras mi amante me hundía sus dedos en mis rodillas con una fuerza a la que pronto me tuve que rendir. Tiró de mí y enseguida me vi el en suelo, tendida, y ya no pude hacer más que dejarme…

Dejé que me arrancase la ropa, que me abriese las piernas, que metiese la cabeza entre ellas, que acariciase mi clítoris con su lengua, que me daba descargas en cada toque. Cuando me quise dar cuenta, ya había empezado yo a soltar gritos de placer que no eran míos sino del fuego que me quemaba dentro. Dejé que comiese, que lamiese, que separase los pliegos de mi vulva para llegar más profunda, hundir su cara en mí, sus labios contra mis labios a punto de reventar. Pero aún no. Me guardaba alguna sorpresa más antes de que mi corriente finalmente desembocase en un mar de placer.

Cuando pensé que ya no podía gritar más, me levantó una pierna mientras se encajaba ella en mi cuerpo uniendo su vagina a la mía para rozarse, y entonces la pude ver cabalgándome, hermosa, fuerte, con un acelerado movimiento de caderas y sus pechos, desnudos, desbocados a cada golpe. Tuve que escoger entre gritar o respirar y sentí que me ahogaba entre espasmos corporales, descontrolados, muriendo de gusto, derritiéndome, arañando la madera del suelo, luchando por mantenerme dentro de mí. Me gustaba verla entregada, trabajando al mismo tiempo que controlaba cada movimiento, cada fase de nuestro encuentro. Me gustaba que me follase de una forma tan salvaje y deliciosa, dibujando con su vagina las formas de la mía…

Comprobó que estaba cerca de desembocar y entonces saltó fuera de mí para coger algo que había dejado en la mesa. Me dio la vuelta sobre el suelo y yo me puse a cuatro patas mostrándole todo mi sexo desde atrás, invitándole a pasar cuando desease. A que pasase, pero ya. Pasó un brazo por mi cintura casi obligándome a incorporarme y entonces decidió la postura con la que el mundo finalmente implosionaría. De rodillas las dos pero incorporadas, ella detrás de mí, sus dos manos en mi ombligo. De repente, sólo una. Y con la misma rapidez, algo duro y frío me penetró como una cura de placer. Y salió, y de nuevo dentro friccionando contra mi erección. Mi amante manejaba el juguete con esa mano desaparecida. Los dedos con los que vigilaba mi obligo fueron bajando hasta mi vello púbico para seguir estimulando. Con una mano por delante, otra por detrás, yo notándola en mi espalda, el vibrador haciendo su trabajo y yo mordiendo los labios de pura excitación, mi vagina no tardó nada en abrirse y dejarse ir por el camino natural, el del orgasmo, desde dentro y resbalando piernas abajo, mientras mi cuerpo, bien amarrado, actuaba por espasmos.

La fuerza que me empujaba me abandonó y me hizo caer sobre mis manos. De nuevo a cuatro patas, para finalmente dejarme caer en el suelo, casi sin sentido, entre sonriendo y esforzándome por vivir. Había llegado. Yo. También ella. Ya nada más importaba.

Cuando recuperé el sentido eché un vistazo al salón. En la mesa, jarras y dedales de licor café a medio beber, restos de una empanada e incontables colillas consumidas… A mi lado, ella, mi amante, mi picarona, con la mirada escondida tras cabellos salados. Los dibujos del mar que tatuaban su cuerpo horas atrás, se habían ya borrado, pero comprobé que sus labios aún sabían a mar. Y a millo

[FIN]

fotos | Julia Antonio
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