En la playa del otoño

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Soy de las que comparten la opinión de que lo que la cabecita piensa y nos muestra en sus momentos oníricos esconde, en mayor o menor medida, los deseos desconocidos, las necesidades no cubiertas, las personalidades bloqueadas a medio camino entre la autocensura y el prejuicio socio-familiar. Hacer caso de esos avisos, en unas veces cifrados e en otras exagerados, considero que es parte imprescindible del desarrollo de la persona. Con especial importancia en el caso del sexo.

Digo en el sexo por la duplicidad que se produce entre la esfera físico-sexual y el mundo psíquico-sexual, dos caras que, desafortunadamente, no siempre van de la mano. La Chencha es de la que ponen remedio a ese tipo de disyuntivas: lleva al plano físico todo aquello que le hierve en la cabeza. Así, deja que su fervenza mental siga el curso normal, y deseable, hasta morir en el sur, no sin antes estallar en mareas de placer vital.

Lo hace después de cada viaje onírico a su subconsciente sexual, y de él toma órdenes que cumple en el plano físico. Así que cuando despertó aquella noche ahogada, empapada de sudor y rezumando sexo por los poros tras un encuentro –virtual- con un desconocido de pelo gris, no tardó en diseñar una estrategia de contacto con un anónimo.

Lo encontró días después, y casi de forma casual, en una de esas tardes en las que el sol de otoño dibuja colores cobrizos sobre el par y pinta la arena de humedad. Los últimos bañistas salpicaban la playa por cuatro, quizás cinco puntos que se fueron borrando con el avance de la tarde. A esa hora, ya sólo quedaba, no lejos de ella, un hombre hablando por el móvil. Ante el solencio del otoño, no pudo evitar enganchar la conversación. Una película que a ella le interesaba, una postura política que compartía, gustos musicales con los que casaba de lleno. A los cinco minutoa, xa había decidido que aquel hombre, aquella voz, le atraía. Y él no tardó en saberlo más tiempo que el que ella tomó para levantarse y fijar los ojos en él. La correspondió. Algo vivo comenzó a moverse dentro de ella. El calor le ascendía a las mejillas y una súbita fuerza muscular le inquietaba entre las piernas. Estaba tan excitada que casi no era capaz de frenar su mano derecha, que quería avanzar más allá del ombligo.

Entró en el mar en escasos segundos que le parecieron interminables. Sentía que si tardaba un instante más en pisar el agua entraría en combustión. Casi pudo ver el vapor que desprendió cuando los oídos se llenaron de aquella agua salina y milagrosa.

Recuperó el control del cuerpo, pero comprobó que el pálpito seguía vivo en la braga del traje de baño. Decidió dejar que la mano derecha hiciese el trabajo, pero descubrió, no sin sorpresa, que algo o alguien ya se le había adelantado. Abrió los ojos y, con los oídos sordos por efecto de la presión bajo el agua, encontró ese pelo gris que minutos antes hablaba por teléfono, agarrado con una mano que ahora abría las puertas de su fervenza del sur con un movimiento acompasado dentro-fuera dentro-fuera…

Se veía cerca de explotar y, pese a la temperatura de las gélidas aguas de la Costa da Morte, le ardían los pechos mientras los apretaba contra su anónimo de pelo canoso. No sabía si por efecto de la asfixia, la presión de sumergirse ou el propio placer, entró en un estado de alegría y paz que nunca antes había sentido, y comprobó cómo se le escapaba una fuerte corriente orgásmica de zumo vital que se unía con el agua al mismo tiempo que el cuerpo de la Chencha volvía a la superficie y recibía, aún con los ojos cerrados, los últimos golpes de un sol que ya se retiraba. Quedó así, flotando, levitando sobre un lecho con sabor a sal, y junto a ella, suspendida en el aire, una duda que la despertó de repente. Era real su anónimo de edad madura?

Puso los pies en la playa –sintiendo, de nuevo, el agua helada- y miró hacia la arena. Divisó su toalla, alejada, en el lugar donde la había abandonada por la amenaza de incendio corporal Miró un poco más lejos. Una silueta se perdía entre los pinos que cerraban la playa. Un rayo de sol, el último quizás, se escurrió por entre las ramas hasta atrapar la figura humana y le devolvió a la Chencha un reflejo en color gris. Fue la única y última vez que vio a su anónimo. En el plano psíquico la visitaría en alguna otra ocasión, y hay días en los que siente que es él, su desconocido plateado, el que mueve y guía su mano derecha cuando la pone a trabajar. Más allá del ombligo. Una y otra vez. Abriendo a antojo las puertas de su fervenza. De su encendida fervenza del sur.

Nela.

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