Cena a tres. Rendida a Baco

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Rendida_A_Baco

el placer de la cocina a cuatro manos
la complicidad entre dos personas
alrededor de una mesa …
las miradas en una cena para dos
(o para tres)
cocinar como método de seducción,
comer con las manos, intercambiar fluidos,
el post postre…
un final feliz …

Avanzaba por el empedrado con miedo de perder un tacón o la cabeza y apurada por el autoritario sonido de la Berenguela, que me informaba puntual. Llegaba tarde, para variar, y el desasosiego crecía en mí al mismo ritmo que mi corazón se desbocaba. Por fin aquella noche, por fin la cena que llevaba meses esperando…

Accedí a aquel angosto callejón escuchando ya sólo mis pisadas en el suelo. Era una de esas noches de primavera que sabían a verano en Compostela y los vecinos de la ciudad se habían lanzado a la calle a probar la sensación de caminar bajo la luna con los brazos desnudos. Pero ya quedaban lejos, contemplando la belleza nocturna de la Catedral y llenando las ya abarrotadas terrazas de la Quintana.

El termómetro había decidido aliarse conmigo aquella noche para que pudiese descubrir los hombros y la espalda. Un vaporoso vestido negro amarrado a mí sólo por el cuello y los finos tacones eran mis únicos acompañantes en aquella carrera a través de la zona vieja. Los únicos. Sentía una leve brisa en cada cruce de piernas y mis pechos celebraban con alegría sus momentos de libertad bajo la ropa. Fui bajando el ritmo y entonces volvieron a sus puestos, bien colocados e invitando a pasar por entre ellos. Paré. Una puerta de madera. Una casa con encanto. Número 20. Ya había llegado.

Gasté un momento en respirar. Pasé la mano por mi larga melena, recogida aquella noche con un palo dorado que hacía las veces de picahielos de urgencia. Coloqué el vestido. Abrí la cartera. Comprobé el iPhone, un poco por rutina, un poco porque aún albergaba el temor de una anulación de última hora que me obligase a deshacer el camino andado. Dos notificaciones de Twitter, algún nuevo follow y una llamada de mi madre. Nada que no pudiese esperar, así que pulsé el interruptor del ‘modo avión’ para luego hacer lo propio con el del timbre. Pude echar una mirada rápida a la mujer que se reflejaba en el escaparate a mis espaldas y reaccioné con aprobación. Me veía bien, me veía guapa, aquella noche había conseguido estar radiante.

Un ruido me hizo volver a la puerta de madera, que ya había desaparecido para mostrarme una sombra por entre las luces, unos ojos en la oscuridad. Era él. Llené de aire los pechos, erguí la cabeza y con una sonrisa distraída entré en la casa con paso firme. Cerró la puerta tras de mí. Yo no apuré el paso porque me quería recrear con cada segundo cerca de él. Aquella noche él cocinaba para mí. Y aquella noche yo sería el postre…

El recibidor estaba oscuro, pero por el hueco de la escalera bajaba un tentador resplandor desde el primer piso. Le ordené a mi trasero que dejase de contonearse para volver la cabeza hacia él y echarle una mirada con interrogación. Extendió la mano invitándome a subir. No tenía intención de mostrarme sumisa aquella noche, pero buscaba desesperada una luz que me dejase verle el rostro, esos ojos que me quemaban, esos labios que tantas veces antes me habían mojado. Así que obedecí asegurándome de que me seguía muy de cerca para ser capaz de notar bajo mi vestido negro unas nalgas que yo me esforzaba por hacer bailar a cada avance de mis pies escaleras arriba. Ya podía oler el primer plato…

Llegada al primero piso, tuve que cerrar los ojos un instante hasta asegurarme de tener cómodas las pupilas. Lo hice y quedé paralizada. Lo que allí había no parecía verdad, se semejaba más a algo salido de un sueño. Cocina y comedor compartían un espacio diáfano y blanco salpicado por el sofá morado que, estratégicamente situado, permitía controlar la vista de la televisión y la que se abría tras una ventana de dimensiones infinitas que dibujaba el paisaje de Santiago como en un cuadro a tamaño real.

Cerré la boca y me percaté de que estaba seca, así que instintivamente llevé la lengua a acariciar mis labios..

– ¿Una copa?

Había olvidado que no estaba sola, por lo que la voz de Damián me arrancó de mi ensoñamiento con un pequeño salto que aceleró mi corazón. O quizás es que ya venía acelerado de casa, y esa voz no me ayudaba a calmarlo. Respiré con los dos pulmones, un tercero si lo hubiese, y lo miré. No recuerdo cómo me pude mantener en pie, ni siquiera fui capaz de decir un ‘si’ y me limité a hacerle un gesto con la cabeza, pensando que esa copa que me ofrecía sería mi salvación.

Con la mirada seguí su trayectoria hacia la cocina. Un pantalón negro de pinzas bajaba por sus piernas hasta caer sobre unos zapatos italianos del mismo color, elegantes y con mucha clase. Como él. Todo en él era elegancia y clase. Exquisito hasta en el descolocamiento estudiado de la camisa blanca por fuera del pantalón y arrugada en los codos. Se le ajustaba al cuerpo y dibujaba su buena figura. Se le notaba el gimnasio. Despeinado y con una barba de dos días, su pelo castaño brillaba especialmente. Era todo lo que necesitaba y aquella noche era para mí. Iba a saber qué ocultaba bajo la camisa, iba a conocer el sabor de su piel y por fin calmaría aquel ardiente deseo que me quemaba la fervenza y que ya no podía contener. No lo haría más.

– ¿Qué tal, Nela?

Lo hizo de nuevo. Me despertó del sueño y me di cuenta de que mi plan de control no estaba saliendo todo lo bien que esperaba. Había llegado radiante y segura de mí, pero en aquel momento ya me había hecho más pequeña. Su voz me encogía y me obligaba a clavar mis altos tacones bien profundos en el suelo. Esa misma voz que me estremecía al pronunciar mi nombre. La misma que había oído por primera vez meses atrás en aquella cata de vino a la que, por casualidad y por acompañamiento solidario, había acudido sin interés. Aquel día, perdida entre conversaciones ajenas a mí, a mis oídos llegó de repente la voz de Damián. “Siempre hay un dúo clásico en el maridaje entre mariscos y vinos blancos. Partiendo de ahí, un Albariño corte clásico, más bien seco… sin duda un Rías Baixas de O Salnés o un Condado, harían un maridaje más que correcto, donde la salinidad del marisco se mezcla perfectamente con la del vino…” Estaba en la sala contigua, impartiendo una especie de master class del vino, y no pude evitar mezclarme por entre el público arrastrada por un instinto primigenio de atracción. Algo me pasó aquel día. “Existe una entelequia en el mundo del vino que dice ‘sí’ a la proximidad de los viñedos con el mar, y hace que este último traslade la salinidad a la uva, e de la uva al vino, a la boca, de los labios a … y así una rueda y vuelta a empezar…” Aunque ya habían pasado meses, y ya había perdido la cuenta, era capaz de recordar, y oír, cada una de las palabras que le escuchara decir aquel día. Me había hecho con el video en Youtube y había pasado días y días estudiando los gestos, las palabras y los pestañeos de Damián. Magnético, sexy y arrebatador, con el tiempo me inculcó su pasión por la cocina y los vinos. Y, por fin en su casa, me iba a regalar pasión fuera de la cocina.

Volví a la tierra.

– Sí, muy bien. Gracias. Tienes una casa espectacular.

Me entregó la copa y juraría que sentí y vi la electricidad cuando su dedo índice rozó mi mano. Ya estaba totalmente excitada y no tenía la seguridad de poder aguantar toda una protocolaria cena antes del postre. Sobre todo cuando, una vez el vino blanco ya estaba conmigo, se acercó a mi cara para besarme muy cerca de la comisura de los labios. Apreté las rodillas con intención de no caer y lo conseguí, no sin esfuerzo. Vi cómo volvía a la cocina, con el mismo paso elegante y sexy, mientras mi fervenza se congratulaba con la idea de tenerlo aquella noche sólo para mí. Encuentros a escondidas y disimulos hasta la fatiga habían desgastado mi paciencia, así que cuando nuestras vidas estaban por fin ordenadas y Damián me invitó a cenar, un anhelado alivio vino para quedar conmigo. Por fin allí. Por fin solos. O eso pensaba yo.

Aprovechando su ocupación en la zona de los fogones, me acerqué a la mesa y dejé la cartera para centrarme en el vino. Mantel negro, vajilla blanca y utensilios para marisco. Parecía perfecto, pero algo no encajaba en aquel bodegón. Quedé mirando un momento esperando detectar el error y enseguida me percaté. Su plato. El mío. Y un tercero. ‘¿Qué…?’

– ¿Cómo van las centollas?

Una voz desconocida pegó en mis oídos con dolor. ¿Quién era aquel hombre y quién lo había invitado a mi sueño? Me desencajé yo y creo que también mi rostro, porque el desconocido se calló repentinamente y Damián no tardó en reaccionar.

– Nela, este es Lucas, mi socio en el restaurante. Cenará con nosotros esta noche.

Quedé de piedra, incapaz de clasificar mi estado de ánimo. Una mezcla de ira y decepción sacaba la cabeza por entre mis ganas de escapar de allí. A riesgo de soltar una lágrima de rabia, no pude decir nada más que un ‘hola’ claramente violento. Me había hablado de aquel Lucas en alguna ocasión, y de hecho en los últimos días insistía bastante en contarme cosas sobre él. No alcanzaba a comprender qué significaba aquello, estaba incómoda, me sentía fuera de lugar, desnuda y expuesta, y por primera vez en la noche eché en falta mi ropa interior.

Me convertí en espectadora accidental de una escena que, a pesar de todo, se desarrollaba con naturalidad. Damián en la cocina, Lucas con él, echándole una mano y riendo con complicidad. Pensé que si al final resultaba estar desinteresado no solo en mí sino en el género femenino en general, y que si el caldo que mejor maridaba con él era el de Lucas y no el mío, seguro que le hubiese sido más sencillo contármelo igual que tantas otras intimidades habíamos compartido en nuestras largas conversaciones. Que si la forma que había escogido para dejar claro que nunca bebería de mí era aquel extraño teatrillo que tanto me incomodaba, perdía entonces toda la elegancia que parecía tener. No sabía qué pensar. Y allí estaba, en pie junto a la mesa como parte de un mobiliario salido de algún catálogo. Sentía las mejillas arder y no era por el vino que bebía ya de forma compulsiva, esperando encontrar en la copa algo de lucidez.

– ¿Nos sentamos?

Intervino Lucas para despertarme del coma y yo obedecí casi de forma automatizada, mientras miraba para el tercer plato de la mesa, sobre el que dibujaba miles y miles de signos de interrogación sin respuesta, mientras veía cómo se diluía la imagen de las manos de Damián subiendo por mis piernas hasta perderse en mis labios fervenceiros desechos en agua; ya no alcanzaba a visualizar su pecho desnudo debajo de mí mientras lo cabalgaba; ni a imaginar su sudor goteando en mis pezones duros, firmes y castigados de placer… Todas esas fantasías se tornaban invisibles pero las ganas allí estaban, y cuando vi que se acercaba a la mesa con la bandeja de marisco tuve que cruzar las piernas para controlar los latidos de mi entrepierna, ya húmeda. Deseaba a aquel hombre más que a nada y veía que finalmente tendría que ser yo misma la que bajase mis propias pulsaciones. Estaba furiosa con él, y furiosa conmigo por las horas de preparación aquella tarde, por escoger con tanto esfuerzo la vestimenta y por haber levantado el vestido para acariciar mi pubis ante el espejo imaginando el sexo que disfrutaría aquella noche.

Cando me quise dar cuenta, ya tenía algunas piezas de moluscos en el plato y Damián y Lucas comentaban divertidos, enfrente de mí, algo relacionado con el marisco, o con el mar, o con el restaurante o yo qué sé. No me interesaba nada su conversación, estaba centrada en mi deseo de desaparecer a través de aquella ventana infinita y darme de frente con la Berenguela de la Catedral. Sería un buen desenlace. Al fin y al cabo el golpe no supondría nada en comparación con la bofetada que había recibido esa noche. Tentada a echar a correr hacia el baño para procurar algún alivio masturbatorio que me permitiese recuperar la cabeza, tomé la milagrosa decisión de acabar la noche con dignidad. Si Damián no tenía la suficiente elegancia como para evitar aquella película, claramente incómoda para mí, no me iba a poner yo a su altura. Sería la Nela que decidiese ser, segura y radiante y, sobre todo, elegante. Le daría una lección.

– Así que tienes un blog…

Las buenas intenciones de Lucas por abrir conversación fueron un buen movimiento para arrancar la partida. Aquella noche jugaba con todas mis piezas y no tenía pensado perder. Pasé la mano por el pelo, instalé mi mejor sonrisa y acerqué los brazos a ambos lados de mis pechos, apretándolos bajo el vestido. Aproveché la distribución en la mesa para mostrarle a Damián, justo enfrente de mí, que tenía un par de buenas razones en las que nunca llegaría a profundizar. O eso pensaba yo…

PARTE II

– Si, un blog de sexo. Escribo en él desde hace un par de años, aunque últimamente lo tengo bastante abandonado. Pienso que me está faltando inspiración- En cuanto pronuncié la sílaba acentuada de la última palabra, le regalé a Damián una de mis miradas más venenosas.

– Es estupendo. Yo siempre quise escribir, tengo muchas ideas pero al final nunca encuentro un hueco para hacerlo. El restaurante me saca mucho tiempo…

Sí. El restaurante y el chef. Me percaté de que estaba fijando en el estómago un estado de celos que no me agradaba nada. Lo esquivé y continué con mi brillante papel.

– Si alguna vez te animas, te leeré seguro- le dije, con una fingida sinceridad que hasta me ensordeció a mí. Y cuando aún no había acabado de decir ‘seguro’, algo me sobresaltó por debajo de la mesa. Un zapato jugaba por entre mis tacones, sin llegar yo a distinguir quién era su dueño. ¿Qué significaba aquello? Dejé pasar un par de segundos para verificar que efectivamente no se trataba de un error. Alguno de aquellos dos hombres, de aquella presunta pareja, estaba manteniendo una conversación con mis pies en segundo plano. Intenté ordenar mis ideas aprovechando que volvían a entrar en una charla sobre no sé qué proveedores, para fijar los ojos en la mesa, atravesar el mantel con la mirada y destapar la identidad del dueño de aquel pie. Tuve que conformarme con hacer memoria y visualizar el calzado de mis acompañantes. Damián: zapato negro, piel, italiano. Podría ser, sentía un tacto suave sobre mis tobillos. Lucas. Lucas? No sabía. Su sorprendente y triunfal salida del baño me había despistado lo suficiente como para ni siquiera fijarme en él. Seguían con su interesantísima y profunda conversación sobre pedidos y albaranes, así que aproveché para examinar al invitado sorpresa. O a lo que asomaba por encima de la mesa, Tentada a dejar caer la servilleta y perderme bajo el mantel, me conformé con su mitad superior. Polo blanco sobre piel pintada por el sol, pelo castaño claro cayendo sobre unos hermosos ojos verdes. De pronto se me antojó apetecible, incapaz yo de discernir entre la necesaria objetividad y la excitación que me hervía entre las piernas.

Me encontraba concentrada en el examen visual cuando mi propio examinado se percató de mi interés y abandonó a los proveedores para volver a mí. Me dedicó una sonrisa y me rescató de mi parálisis no sin antes regalarme una vergüenza que enrojeció mis ya encendidas mejillas.

– Perdona, Nela. El monotema del restaurante, ya sabes…

– Claro, no te preocupes –respondí con una caída de ojos. Pero que haces, Nela? Me pregunté enseguida. Trasladé los ojos a los de mi en otro tiempo casi amante, buscando una interacción. Sus pies, según la conclusión a la que pude llegar, seguían trabajando en los míos e iniciaban un interesante ascenso piernas arriba. Me aplaudí por la ahora genial idea de no llevar bragas. Si la partida continuaba en esa dirección, acabaría ganando como mínimo algún roce genital. Me gustaba la idea de tener a Damián entre las piernas, ya fuese su lengua o alguna otra extremidad, y la excitación de ese pensamiento incluso conseguía apartar de mi mente la confusión que me generaba aquel extraño teatrillo. Seguía sin saber qué pasaba, pero sentir a aquel hombre que tanto deseaba caminando por mis muslos, ya sin zapato, me anulaba la voluntad de preocupación. Así que decidí disfrutar de Damián. Quizás Lucas no era más que un peón en aquel tablero de juego. Quizás un secundario que haría mutis por el foro en algún momento de la noche, tras el café, para dejarnos solos en escena, sin público ya, ni apuntador, ni director ni nada, porque aquello era obra nuestra, de los dos, y seríamos nosotros los encargados de bajar el telón.

Conocía bien el gusto de Damián por saberme sin ropa interior. Y no era la primera vez que quedaba sin ella por voluntad suya, directa o indirecta. Moví las piernas y sentí friccionar mi propia piel, caliente y sudorosa, humedecida por el efecto de la natural lubricación de mi centro de gravedad. Cerré los ojos para respirar y recordé aquella otra ocasión. Algunas semanas después del primer encuentro con Damián, ya establecida una estratégica conversación 2.0 con él y convencidos los dos de compartir una conexión especial nunca antes experimentada, decidimos encontrarnos casualmente con motivo de unas jornadas sobre La huella de Baco en el arte, en Santiago. Yo acompañaba de nuevo a Isa, esa amiga mía realmente interesada en el mundo del vino. La primera vez había ido obligada. Esta segunda, voluntaria y casi por iniciativa propia. Llegamos temprano al edificio de la Fundación Caixa Galicia, en la Rúa do Vilar, así que tuvimos tiempo de echar un ojo a la exposición temporal, una muestra de cartelería cinematográfica verdaderamente interesante pero a la que sólo atendí protocolariamente. Llevaba el iPhone en la mano y consultaba de forma autómata y casi obsesiva la lista de Mensajes Directos de Twitter. El último de Damián, de la noche anterior, decía ‘Dulces y húmedos sueños’. No sabría nada de él hasta verlo entrar por la puerta, y ya me tardaba el momento. Me había preparado a conciencia aquella mañana: cerca de dos horas fueron necesarias para por fin decantarme por una falda ligera que acababa en mis rodillas y una camiseta que realmente invitaba a mirar. Era consciente, pero había decidido aferrarme al argumento de la canícula de calor que barría Compostela en aquellos días del mes de junio.

Llegada la hora, nos acercamos a la sala de la conferencia siguiendo a aquella pequeña marea de gente y nos sentamos en las últimas filas. Necesitaba una buena vista de la puerta de entrada y a Isa no le pareció importar mi preferencia. Busqué entre las cabezas los ojos de Damián, pero sin resultado. No estaba allí, y empezaba a pensar que yo tampoco debía. No era lugar para mí y estaba a punto de soportar cuatro horas de un discurso que no me interesaba. Me acomodé en la silla y presté atención, no sin antes echar un ojo al Twitter. Pero sin resultado.

Pasada no más de media hora, el tiempo justo para las palabras inaugurales y la presentación del primer ponente, y con intención de esconder un inevitable bostezo -estaba convencida de que sería el primero de muchos- le presté atención a la puerta y por un instante dejé de sentir el corazón. Allí estaba, en pie, manos en los bolsillos del pantalón, con ese aire informal pero preparado que me volvía loca. A mí y a unas pocas más que, desde sus sitios, retorcían el pescuezo a la búsqueda de un mejor ángulo de visión de Damián. Era verdaderamente atractivo y apetecible. Y mi corazón parecía saberlo, porque enseguida volvió para golpearme el pecho con fuerza, con un estruendo que se podía escuchar desde fuera y que pensaba que acabaría por interrumpir la conferencia. Cambié el juego de ojos para atender a la charla una vez que Isa se revolvió en su asiento. Yo buscaba discreción, y desde luego que dirigir la cabeza noventa grados al este de la mesa de ponentes no era lo más discreto. Atendí a la conferencia, o hice como que tal, dos o tres segundos, para buscar de nuevo a Damián. Temía que en uno de esos movimientos desapareciese dejando un rastro de humo. Pero seguía allí, ahora apoyado en la puerta y escribiendo algo en el iPhone. Consulté el mío. Accedí al perfil de Twitter. Un Mensaje Directo. Y muy claro: “Las bragas. Ahora”.

– Voy al baño- Me disculpé ante Isa, esperando que no hiciese preguntas. No las hizo. Así que me dirigí a la salida silenciando mis tacones en el aire e intentando no molestar al atento público de Baco. Exitosamente, llegué a la puerta sin despertar interés alguno. Tan solo el de Damián cuando pasé a su lado lentamente y clavando mis ojos en los suyos. Me respondió con una sonrisa que descargó electricidad en mi fervenza, ya palmeando de excitación. Pude ver su lengua asomando por aquellos sabrosos labios y no tardé en imaginarla trabajando en mí y para mí.

Entré al baño con el único propósito de deshacerme de mi ropa interior. Me gustaba aquel juego tanto como a él, pero echaba en falta dos manos que me ayudasen. Paré un segundo para respirar y verificar mi estado. Me sentía llena de poder y sedienta de los labios de Damián, al que de repente vi en el espejo, detrás de mí. Al parecer no había cerrado la puerta, y me felicité por ello. Tampoco lo hizo él, alimentando mi excitación mientras se acercaba para poner las manos en mis caderas, arrugando la falda en ellas. La tela subía lenta desnudando mis muslos a su paso mientras sentía su respiración en el cuello, el mis oídos… sin poder casi moverme. Estaba ya contra la pared, brazos en alto y piernas separadas. Cuando toda la falda estaba en mi cintura, las manos de Damián acariciaron el mínimo y empapado tanga de encaje azul que había escogido aquella mañana sin intención de perderlo. Ahora me sobraba. Separó la tela de mis carnes con cuidado, con un único dedo en cada cadera, deslizando el minúsculo tanga piernas abajo. Noté cómo se despegaba de mis labios vaginales, llenos y erectos, con un movimiento silenciado por la palpitación del clítoris, que luchaba por escapar de mí. La excitación era tal que alcanzaba un punto insoportable. Necesitaba descargar aquella dolorosa erección que crecía al roce de los dedos de Damián dibujando mis piernas.

Llegado al tobillo, separó mi pie derecho del suelo para liberar al tanga de mi cuerpo, e hizo lo propio con el izquierdo. Le supliqué, no sé cómo, que me ayudase o me matase ya. No había rincón de mi cuerpo que no sudase o lubricase, y el riesgo de que alguien ajeno pudiese abrir la puerta imprimía ganas y prisa al involuntario movimiento de mi fervenza llamando a los dedos de Damián.

Con las rodillas en el suelo y sus manos de vuelta en mis caderas, de forma case imperceptible dejó viajar su nariz lentamente muslo arriba para besarme las nalgas y acariciármelas con un sublime roce que me hizo soltar un ‘por favor’ tras otro, pidiendo clemencia, suplicando que me condenase ya, en una rendición voluntaria a la que respondió levantándose y entrando en mí con dos dedos que supo mover con un ritmo y una destreza exquisitos y que me llevaron a un orgasmo casi instantáneo, a cerrar los ojos para no perder el sentido. Me temblaban las piernas y estaba sujeta a él. Un brazo suyo desde mis pechos y hasta mi boca, apretándome contra él. El otro, manejando mi fervenza en embestidas y juegos de dedos que me llevaron a deshacerme mientras mordía su mano en un intento por ahogar mis gritos. Me elevó a ese otro nivel de consciencia fuera de mí. Unida a él por el pecho, morí de placer como nunca antes. “Te adoro”, me susurró finalmente.

Volví a mi asiento, con Isa. Damián se había perdido entre el público. Retomamos el juego de los dos desconocidos. Aquella mañana no recuperé de todo el sentido. Tampoco mi tanga, que Damián guardó en el bolsillo izquierdo del pantalón para acariciarlo disimuladamente entre conversaciones y vinos. Y entre miradas de complicidad que yo recogía con discreción.

Volví a las centollas en el instante justo para que Lucas me preguntase si quería más vino. Acepté con un gesto, viendo la oportunidad de quedar solos en la mesa, pero Damián se adelantó amablemente echando por tierra el plan. Se levantó de la mesa y lo seguí con la mirada camino de la cocina. No obstante, no eché en falta el juego de pies. Allí seguía, muslo arriba, caminando por mí… ¡Lucas! ¿Qué…? Mi cara de sorpresa no pareció afectarle lo más mínimo. Me guiñó un ojo. Me sentí vendida. No me moví. Miré un poco más lejos. Damián descorchando el vino. Lucas encendiéndome bajo la mesa. Y yo, perdida. Muy perdida. Pero excitada como nunca…

PARTE III

No era capaz de distinguir entre el efecto de aquel delicioso vino y la falta de riego, y no sé si por una o por otra razón la voluntad y la razón decidieron abandonarme a un tiempo. Así que dejé que Lucas manejase las cuerdas de mis instintos, sin pensar en consecuencias, pretensiones o correcciones protocolarias de cenas con marisco. Me gustaba lo que aquel hombre me hacía y no sería yo quien le ordenase parar. Ni me vía capaz. Mi cabeza, o la mínima parte racional que de ella me quedaba, pedía vino al mismo tiempo que me lanzaba pequeñas señales de alarma que yo esquivaba con gran destreza.

Vi a Damián observándome en su camino de vuelta a la mesa. Se le veía feliz y satisfecho. Pensé si tal vez Lucas me iba a dejar un sobre con billetes en la almohada después de aquella noche, y calculé rápidamente qué comisión llevaría mi amante originario. Mi presunto amante originario. Y proxeneta, por lo visto. Seguía sin entender, pero ya no me importaba. Había borrado todo vestigio de ira lamiendo las patas de la centolla y dejando al vino escurrirse por mi garganta.

Tuvo el tiempo justo para posar la botella descorchada sobre la mesa antes de que el timbre de la puerta nos golpease los oídos. Damián miró hacia las escaleras, sorprendido. Yo pude notar cómo mis nalgas se despegaban de la silla en un movimiento ultrarrápido. Lucas apartó de mí su pie de forma instintiva. Esa alteración en mis compañeros de mesa provocó en mí, sin embargo, un alivio instantáneo, al verificar que no se trataba de un cuarto comensal programado.

– Voy a ver – dijo Damián, y por primera vez tuve la impresión de que se saltaba el guión. Se dirigió hacia el hueco de las escaleras y desapareció por entre esa oscuridad que un tiempo antes, ya no sabía cuánto, me había cegado por completo. La Nela que había subido radiante al primer piso nada tenía ya que ver con esta Nela que se dejaba hacer por debajo de la mesa, pensé. Y por un instante me pareció recuperar algo de cordura, creí despertar de los efectos de aquel delicioso veneno de uva fermentada y accedí a la idea de alejarme de la mesa. Tarde.

Cuando volví la cabeza, Lucas ya no ocupaba su espacio en el bodegón que se había estado pintando con el avance de aquella noche. Bien lejos de aquella disposición, había ocupado una silla a mi lado y había decidido hacer un trueque entre pie y mano para trabajar ahora mi muslo izquierdo. Dejó caer los dedos cerca de mi rodilla en un movimiento muy delicado, muy precavido, con el que evitó quemar su piel con la mía, en riesgo de combustión inminente. La voz de Damián hablando en el piso de abajo con alguien que parecía ser una vecina, quedó silenciada enseguida.

– Háblame del blog. ¿Dónde encuentras la inspiración?- me preguntó Lucas, obviando el hecho de que me estaba metiendo mano por debajo de la mesa. “En esto mismo”, le quise responder. Sin embargo, intentaba no alimentar esa desatada fijación suya en ascender por mi cuerpo. Al mismo tiempo, tampoco quería frenarla.

– Diría que es una mezcla de inspiración espontánea y mucha imaginación. Tengo facilidad para visualizar situaciones, en unas ocasiones recuerdos y en otras fantasías. No es algo que tenga ordenado o esquematizado. La mayor parte de las veces es coger el portátil, escribir el primer párrafo y todo lo demás ya me viene dado. Trabajo en los relatos según me lo indican mis deseos… – Acabé la frase con un leve avance de mis nalgas sobre la silla, casi imperceptible pero suficiente para obligar a la mano de Lucas a subir hacia mi desnuda fervenza.

Respondió con satisfacción. Tan cerca, con una mano en mi pierna y otra sujetando la cabeza y sirviéndole de apoyo al mentón, no podía discernir si el aroma que me embriagaba era su perfume o el trabajo hormonal. Provocaba en mí un efecto inmediato, y en mis pezones un endurecimiento que amenazaba con rasgar las telas del vestido, movido por el acelerado ritmo de mi corazón. Me sentía a punto de explotar.

Pero lejos de explotar, desperté con las explicaciones de Damián, ya de vuelta al primer piso. Una vecina que tal. Unas humedades que no sé qué… Me levanté de la silla como un resorte, me disculpé torpemente y salí a la carrera hacia el baño. Me sentía como una niña pillada robando dulces en la tienda del barrio. La vergüenza subía por mí arriba y me ruborizaba la cara. Lo pude comprobar ya ante el espejo. No tardé en abrir el grifo del lavabo para procurar una salvación. El agua fresca sobre mis manos y mojando la nuca me proporcionó un alivio instantáneo pero no absoluto. Necesitaba parar. Bajar del tren en medio del camino, con el apeadero bien lejos, para hacer visión de conjunto. Me acerqué a la bañera de hidromasaje y apoyé las nalgas en las frías baldosas que dibujaban su contorno. Superé la tentación de llenarla y perderme bajo el hielo, o caminar hasta la ducha y dejar resbalar mi espalda por la pared hasta el suelo con el rociador, de proporciones excesivas y colgado del techo, lavando dulcemente la calentura de mi cuerpo. Superé, no sin esfuerzo, la tentación de llevar la mano a mi entrepierna y concluir el trabajo iniciado en el salón. No me masturbé, no. Pero sí me permití un breve acceso para determinar los niveles de humedad bajo el vestido, incapaz de discernir entre la lubricación o una presunta eyaculación precoz.

Verificado mi estado vaginal, neural y neuronal, tomé la determinación de poner fin a aquella locura. ¿Era prudente dejarme llevar por una corriente sexual cuya desembocadura me era totalmente desconocida? ¿Sobreviviría mi dignidad a aquel anárquico e imprevisible laissez-faire sobre mi cuerpo, desnudo de voluntad? ¿Merecía la a pena poner en riesgo mi relación con Damián olvidando ese algo especial que nos unía?

La respuesta no me tardó en llegar. Tan pronto como dirigí mis tacones fuera del baño, no pude dar más de dos pasos antes de quedar inmóvil. Frente a mí, la visión más excitante, enloquecedora y apetecible jamás vista antes. Mis dos compañeros de mesa se encontraban ahora en pie, ya descalzados y desnudando los torsos. Lucas dejando caer el polo blanco en el suelo de madera. Damián liberando el último botón para hacer lo propio con la camisa. Ambos mostrándome aquellos hermosos y perfectos abdominales, los brazos dibujados por exquisitos pinceles y amarrados a sus irresistibles y esculpidos pechos. Recorrí aquellos cuerpos con la vista haciendo una breve parada en la cintura de los pantalones, el negro de pinzas y los jeans, ya sin cinturones, con los pies descalzos, apoyados en las caderas en una armoniosa visión que alimentó mi hambre y me arrancó de nuevo todo resquicio de lucidez. Permanecían estáticos y sincronizados con los brazos caídos, como estatuas de museo de cera. Admiraba aquellas dos obras de arte que observaba con apetencia mientras me clavaban los ojos en una clara invitación a derretirnos. Dudé. Un segundo. Quizás medio. Y respondí.

No fue necesario hablar siquiera. En un acto reflejo y lento, llevé mi mano derecha a la zona alta de la cabeza para deshacerme del picahielos, dejando caer mi larga, lisa y oscura melena sobre los hombros ayudada por un leve movimiento de cuello. Allí estaba mi respuesta. Decidida a una rendición definitiva, acepté la invitación a aquella inédita experiencia con la seguridad de que lo que estaba por llegar no daría opción a arrepentimientos.

 PARTE IV (FINAL)

Busqué en mi archivo memorístico sexual y, no encontrando fondos propios más que de ménages con clara mayoría femenina, paseé la imaginación por las muchas películas porno de delicadeza ausente que tantas veces había pasado voluntariamente por alto en mis sesiones particulares. Multipenetraciones y felaciones a dos bandas no se acercaban a lo que había planeado para aquella noche, pero la curiosidad era mucha y entendí que sería el peaje a pagar en una autopista sin salida.

Así que fui hacia ellos. Piloté mis altos zapatos negros con toda la sensualidad de la que fui capaz mientras mi melena iba cogiendo forma y gravedad, ocultando la ausencia de tela en mi espalda. El camino hacia aquellas dos esculturas, por hermosas y quietas, me había engañado en distancia y dificultad. Pude sentir el temblor de piernas por orden fervenceira mientras mis pies no eran capaces de encontrar el equilibrio sobre la madera. Me pareció que fueron 50 ó 100 kilómetros y algo más de dos horas lo que tardé en llegar a mi destino, pero una vez que me rodearon aquellos dos cuerpos a medio vestir, la confianza volvió a mí y entonces sí, el tiempo voló sin remedio.

Fue a Damián, a mi derecha, a quien le regalé una mirada primero. Pura cortesía, supongo. Me colocó la melena cuidadosamente a un lado de la cara y arrancó el partido con un dulce beso en el cuello. Cerré los ojos en un arrebato de placer y alimentada por el efecto de las manos de Lucas quien, desmarcándose por la banda, dibujaba una por una las vértebras de mi espalda hasta aquel punto en el que esta perdía el nombre. La jugada se desenvolvía ralentizada y yo agradecía el lento pasar del tiempo en aquella efectiva estrategia de ataque.

Pasados dos minutos, o quizás dos vidas, ya pude verificar que lo que allí estaba ocurriendo, que lo que la noche me deparaba, nada tenía que ver con el sexo multitarea que tanto temía. Lejos de aquello, estaba siendo espectadora, y protagonista, de una mezcla perfecta entre delicadeza y pasión. Comprendí que lo que esa noche me ofrecía eran cuatro manos y dos bocas con sus correspondientes lenguas para trabajarme, y cuando esa idea me atravesó el cuerpo, decreté el fin de la racionalidad para entregarme sin condiciones a lo que quisiese venir.

En un movimiento estudiado y casi imperceptible, Lucas deshizo el único nudo que ataba el vestido a mí, y este cayó por mis pechos abajo mostrándole a Damián la acertada ausencia de cualquier otro resto textil. Llevó los ojos desde los míos y hasta mi coño y pude ver cómo llenaba el pecho en un intento por controlar la respiración. O recuperarla. La visión me llenó de poder. Por primera vez fui capaz de detectar el deseo en el rostro de Damián, que hasta aquel momento había mostrado más interés por el vino que por su invitada.

Procuré espacio para salir del vestido, ahora arrugado en el suelo, y aproveché para acercarme a la mesa animando a mi cuerpo desnudo a pasearse en tacones al ritmo que marcaban las nalgas y dejando a mis amantes detrás de mí. Aproveché el breve paseo para coger una copa de vino de la mesa. Cuando volví la vista, avanzaban Damián y Lucas, y en el instante en el que me alcanzaron, como en un movimiento coreografiado, ya estaban uno a la derecha y otro a la izquierda, esperando pacientemente mi siguiente movimiento. Levanté la copa, con la mayor sensación de poder jamás recordada, y la llevé hasta los labios pensando que, tal vez y de paso, apagaría la sed. Una gota de agua en la base de la copa cedió a la gravedad y cayó sobre uno de mis pechos. Servicial él, Damián se ofreció en silencio a limpiarla, pero no con la mano y sí con la lengua, que llevó desde el pezón hasta mi oreja en un recorrido que batió en mi vagina con una descarga eléctrica. Una vez arriba, fue acompañado por Lucas y, siguiendo la coreografía, iniciaron ambos a un mismo tiempo el baile de besos y lenguas sobre mí, repartidos a derecha e izquierda, simétricos. Las manos siguieron a los labios, la copa cayó al suelo, y entonces sí, empezó el sexo.

Excitada a niveles desconocidos, tuve que acercar mis nalgas hasta la mesa para no caer cuando aquellas dos bocas descendieron más allá de la cintura. En aquel instante, decidieron romper la simetría coreografiada para repartirse las tareas.. Y para ese punto del programa parece ser que me tocaba mover el cuerpo. Lo hicieron ellos por mí, no sin antes deshacerse de la ropa que sobraba hacía ya un buen rato. Me manejaron con cuidado hasta quedar yo cara a cara con Damián, que bajó una mano a mi entrepierna encharcada, abierta y dando paso. Pidiendo guerra. Me acarició los labios, los dos juegos, y me besó en el tercero, bajo la nariz. Sin ternura, vacío de romanticismos y libre de azúcar. Perfecto. Fue el más sexual y húmedo beso que nunca antes había recibido. Me sentía penetrada con cada golpe de lengua. Contrastando con la fuerza bucal, la mano que trabajaba mi coño nadaba suave desde el corazón latente del clítoris y hasta la entrada de la vagina en pasos cuyo ritmo no llegaba a distinguir. Para mí aquello era un todo. El sexo que me hervía desde abajo y la lengua que me batía bien arriba formaban parte de una misma energía sincronizada que me deshacía de placer. Tanto, que casi olvidaba que había otras dos manos en aquella estancia que sudaba tanto como yo. A mis espaldas, Lucas había acabado ya de acariciarme el cuello para entretenerse con la zona anal. Con el dedo corazón bien lubricado, dibujaba círculos alrededor del apretado acceso trasero con el claro objetivo de ganarle la batalla a mi instintivo mecanismo de defensa de tan delicada área corporal. Con la otra mano, moldeaba mi vientre derretido como una figura de cera. No había rincón en mí que no ardiese en llamas, vivas como mi deseo, calientes como mi coño, avivadas por el juego estratégico de cuatro manos, dos bocas…

Tuve el primer orgasmo allí, en pie, junto a la mesa, entre aquellos dos cuerpos perfectos a los que tuve que echar mano para no caer al suelo. Eyaculé deshaciéndome de la energía acumulada en mí entre espasmos, temblores de piernas, gritos de placer y lágrimas de felicidad. Fue el primero.

El siguiente no tardó en venir. Recuperada ya, pero aún con ganas, decidí en un arrebato de inspiración que sería yo la directora de orquesta para este segundo acto. Me acerqué al sofá caminando aún con dificultad y pude verme mínimamente reflejada en aquella ventana de dimensiones infinitas que dibujaba la vista de Santiago como en un cuadro a tamaño real. Me gustó lo que vi. Sobre todo lo que venía detrás: dos hombres excitados por obra y gracia de mi sexualidad, siguiéndome como dos fieles perritos.

Le indiqué a Damián que se sentase. Pese a las ricas centollas de la cena y lo mucho que me afané en aprovecharle las patitas, sentía hambre, y era él, mi amante originario, quien podía calmarme el apetito. Rápidamente supo mis intenciones, tan pronto como dirigí la vista a su pene e hice asomar mi lengua. Puse las rodillas y las manos en el suelo, adoptando ahora yo el papel de perra, el culo bien arriba, invitando a Lucas a entretenerse por atrás.

Chupé con ganas aquel perfecto miembro empujada por la satisfacción crecida en cada gemido de Damián. Gemía él cada vez que yo dejaba que aquel perfecto pene perfectamente lubricado tocase el comienzo de mi garganta. Gemía yo cada vez que Lucas me embestía desde atrás. Gemía Lucas cada vez que empujaba mi punto G, agarrado a mis caderas y marcando de alguna forma el ritmo de aquella nueva danza. Calientes, sudando, gritando, en un infierno de placer, con tal perfecta sincronía que los tres acabamos a un tiempo. Damián eyaculó en mi boca y Lucas en mi fervenza. Yo eyaculé sobre el suelo con un orgasmo indescriptible, sublime, fuera de toda normalidad.

De nuevo sin consciencia, de nuevo temblando y vacía de toda fuerza, subí al sofá buscando un punto de apoyo. Encontré los brazos de Damián, que me acercó hacia él en silencio, con cariño. Cerramos los ojos con alivio, ya unidos, desnudos y deshechos. Tanto que ni siquiera fui capaz de percatarme de la ausencia de Lucas, desaparecido en un mutis imperceptible. Estábamos solos, por fin, mi amante originario y yo. Damián y Nela. Nosotros. Solos.

Quedamos inmóviles hasta que el sol del amanecer y el toque de la Berenguela nos dieron los buenos días. Abrí los ojos, buscando realidad y alguna que otra respuesta a lo que me parecía un sueño. Encontré los de Damián, quien me regaló un beso húmedo. Aprovechamos la desnudez para, por fin, culminar aquello que me había llevado a su casa. Habíamos pasado la noche follando, y ahora tocaba hacer el amor. Fue sublime. El broche de oro de una cena a tres, de un post postre, de un final feliz…

FIN

 

foto | Sara Solomando
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