Arrodillada

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arrodillada

Ni siquiera notaba que mis piernas, en su límite de flexión, habían decidido no ser más mías. Ni siquiera me importaba no sentirlas porque tenía corazón, cabeza y fervenza concentrados en otro cuerpo. Ni siquiera sabía quién era yo o quién era él, porque estábamos en un extraño y placentero estado de unidad. Dónde acababa su pene y dónde comenzaba mi boca… Ninguno lo sabía ya…

Pese a la sumisión voluntaria que me había llevado a arrodillarme ante él y el esfuerzo incansable por satisfacer sus deseos, una sensación de absoluto poder dominaba mi cuerpo sudoroso y empujaba mi lengua contra aquel trozo de carne crecido, firme y latente. Mis manos en sus piernas, duras y fuertes. Mis ojos en los suyos, encendidos de placer. Sus manos acariciándome la cabeza, marcando delicadamente el ritmo de mi succión. En pie él, en aquella habitación, lo miraba yo con total deseo y admiración. Desde el suelo, lo veía grande y fuerte, y aquella visión no hacía sino alimentar mi hambre. Lo saboreaba en cada chupada desde bien abajo y dibujaba con la lengua las venas que recorrían su polla amenazando con reventar.

Me gustaba jugar a hacerla llegar bien atrás, bien al fondo, hasta la puerta de entrada de mi garganta, retándome a controlar las arcadas mientras mis labios se felicitaban, con la boca ya llena, por poder tocar su cuerpo sintiendo las cosquillas de aquel camino de pelo que le bajaba desde el ombligo. Unas veces rozaba la campanilla con ella. Otras, dejaba que empujase desde dentro la carne de mis mejillas y comprobaba con cada gemido que él disfrutaba con aquel juego.

Con las rodillas luchando contra el suelo, mi fervenza había empezado también a dibujar movimientos en el aire como recibiendo el empuje que sentía yo en la boca. No sabía si por el sudor o por la propia excitación, por mis piernas separadas y tensas corría la humedad en forma de gotas, marcando un camino muslo abajo y, lentamente, muriendo al contacto con la madera. Era un reloj que daba los segundos, recordándome que el tiempo pasaba y que en algún momento recibiría por fin ese preciado maná.

Me sentía poderosa viendo aquel hermoso cuerpo tan grande y fuerte temblando de excitación por mí. Una mano suya en la pared buscando el equilibrio. La otra bien amarrada a la trenza de mi pelo, marcando el ritmo de succión. Me gustaba comerlo con fuerza suficiente como para hacerle creer que me follaba la boca, con los labios rozando aquel pedazo de carne y la lengua jugando libremente y dando saliva. Poderosa pese a la sumisión. Poderosa pese a la dominación.

Ya empezaba a notar su sabor. Esas primeras entregas preseminales que mi lengua degustaba con más pasión que dulzura y con toda la sed de la que mi garganta alertaba. Demandaba beber, y por eso me afanaba yo en chupar. Empezaba a ver ciertos espasmos en el cuerpo de mi amo y señor, que se combinaban con mis acompasados movimientos de cabeza. Los deliciosos ruidos que escapaban de su boca poco tenían que ver con el nombre que pronunciaba entre afirmaciones momentos antes. Decía mi nombre con deseo recreándose en cada una de las consonantes y vocales sabiendo bien de la excitación que me imprimía. ‘Nela’. Y mis piernas se tensaban. ‘Nela’. Y yo lamía con más afán. ‘Nela’. Y mi fervenza se dilataba y humedecía amenazando con dejar escapar la poca consciencia que me restaba. ‘Nela’. Y moría de placer.

Cuando supe que por fin bebería, subí los ojos para ponerlos en los suyos y comunicarle mi sumisión. Me correspondió informándome de la inminente explosión sexual. Dejé que cogiese las riendas de su desbocado miembro mientras mis manos abandonaban sus muslos para caminar hacia mi entrepierna. Mi clítoris suplicaba por explotar y mis labios vaginales abrían paso al movimiento de mis dos dedos centrales, ya dentro, ya jugando con mi dilatado punto G, ya buscando una liberación que venía en camino. Pulsé con ganas y de forma automatizada, pues la poca consciencia de la que disponía estaba centrada ahora en mi sedienta garganta, en mi boca abierta, en mis ojos sumisos esperando que el trabajo manual de mi amo y señor sobre su pene, al límite de excitación, exprimiese todo aquel zumo vital y lo dejase escurrirse por mis labios, por mis mejillas. Los ojos arriba, la lengua fuera, las piernas abiertas, mi vagina a punto, mi amo en pie, yo arrodillada, sus manos trabajando y la habitación sudando, oliendo a sexo, a pasión, a unidad, a ganas, a felación, a fuego y a semen… El semen que recibí con los labios, el que noté recorriendo la garganta, el que saboreé con la lengua y sentí en la cara mientras por mi fervenza se escapaba aquel último pedazo de consciencia, rendida al orgasmo…

Muerta de placer, dejé caer el peso de mi cabeza hasta encontrar apoyo en la pierna de mi amo y señor, que me acariciaba el pelo dando las gracias, aprobando que me rindiese a su dominación. Y yo allí, a sus pies. Rodillas en el suelo. Sumisa. Arrodillada, mas llena de poder.

Nela.

foto | r2hox (vía Flickr)
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