Abre. Escupe. Mátame ya.

[accede a la versión en gallego]

– Abre.

Y abro. Automáticamente. No yo sino esa parte de mí que él controla. Un cuerpo en sus manos y una mente a sus órdenes. Mientras separo los labios y le muestro, sumisa, mi suplicante lengua, puedo sentir como las puertas de mi fervenza, mi otro juego de labios, erectos, como dos cuchillas, cortan el tapizado del coche. Separo las rodillas en un movimiento instintivo dejando que mi estrecha falda dé de sí con el empuje de los muslos e invitando a mi amo y señor a pasar.

No me toca, pero está suficientemente cerca como para inhalar su aliento a través de mi boca ya abierta, tal como él me había ordenado. Cierro los ojos segura del precipicio hacia el que me dirijo sin control. Tal vez ya empecé a caer. No sé. De lo que sí estoy segura es del fuego que, encendido más allá de mi ombligo, me quema hasta las mejillas. Su aliento es para mí una lenta tortura que no hace sino excitarme más a cada golpe de respiración. Al compás de mi acelerado corazón, me late entre las piernas un clítoris vivo y crecido. Sediento como yo, que siento la lengua pegada a las paredes de mi boca mientras mantengo los labios separados. Así me lo ordenó el.

No tarda en regalarme un alivio. En el instante en el que mis ojos se encuentran con los suyos, oscuros y viciosos, encendidos y hermosos, los ruidos de la calle callan y el tiempo para. Pienso que dejé de respirar. No lo sé, me siento fuera de control, no soy más que una muñeca en las manos de mi amo y señor. Abre la boca y enseguida veo cómo trabaja con la lengua, buscando ese preciado maná por el que yo suplico en silencio. Aprieta los labios y entonces sé que lo va  hacer. Revuelvo un poco más las piernas, recordándole la invitación, y él la acepta justo en el momento en el que me escupe en la boca y explotamos. Su saliva en nuestras lenguas ya unidas en un beso húmedo y sublime. Su mano izquierda en mi nuca, apretándome contra él, en una jaula de placer de la que no quiero escapar jamás. La derecha, trabajando con eficacia entre las piernas, sin rastro del tanga que acertadamente había guardado en el bolso horas antes. Dos dedos empujando con eficacia mi dilatado punto G y el resto de la mano regalándome violentas caricias en los labios vaginales, en mi crecido clítoris, en mi ahora abierta fervenza

Empujo el techo con mis manos segura de que explotaré mientras el coche, encogido, se hace más y más pequeño. Lengua contra lengua, dedos contra vagina, manos contra el techo y yo muriendo … de calor… de deseo… de lo exquisito que es mi amo y señor… mientras me retuerzo y grito, despreocupada de las miradas ajenas que convertimos en aliadas de nuestra excitación… grito… grito… puedo sentir la sangre corriendo por mi cuerpo abajo, hacia mi fervenza abierta, gelatinosa, deseosa de romper… el placer es insoportable y el sudor se hace vaho mientras baja por el cuello, buscando mis pechos también desbocados… y muero. Muero cuando siento un chorrazo de vida marchar por entre las piernas, en un orgasmo que me mata, que nos mata, mientras aprieto mi lengua contra la suya en espasmos incontrolados y lloro de alegría, con la consciencia a medias, con los ojos cerrados y el cuerpo ajeno … Con él. Por él. Suya por siempre…

Nela.

foto | Carlos Adampol
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