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	<title>a fervenza do sur</title>
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		<title>El juego de no conocerse</title>
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		<pubDate>Sat, 13 Apr 2013 09:20:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nela Bernal</dc:creator>
				<category><![CDATA[RELATOS]]></category>

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		<description><![CDATA[[accede a la versión en gallego] Aquella noche habíamos decidido actuar por separado. Cenamos juntos, esta vez en mi casa, para establecer las reglas del juego. Lo que yo haría, lo que él me dejaría hacer, lo que haríamos juntos<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=afervenzadosur.com&#038;blog=23641593&#038;post=4143&#038;subd=afervenzadosur&#038;ref=&#038;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<h6 style="text-align:right;"><a href="http://afervenzadosur.com/xogo-desconecidos/">[accede a la versión en gallego]</a></h6>
<p style="text-align:justify;">Aquella noche habíamos decidido actuar por separado. Cenamos juntos, esta vez en mi casa, para establecer las reglas del juego. Lo que yo haría, lo que él me dejaría hacer, lo que haríamos juntos una vez la partida culminase. La primera norma la cumplimos durante la cena: nada de roces, ni miradas, ni siquiera respirarnos. La prohibición explícita y la visión de lo que luego vendría dificultaban mi parte de la responsabilidad. Ya estaba excitada en el primer plato. También la suya: me era imposible no detectar el bulto en sus pantalones cada vez que, estratégicamente, le pedía que me acercase el queso rallado de la cocina, o rellenase la cesta del pan. Damián se mostraba muy servicial aquella noche. Lo imaginaba igual de servicial a los pies de mi cama y entonces el bulto de sus pantalones se quedaba en nada al lado de mi erección, que me obligaba a removerme en la silla y cambiar el cruce de piernas a derecha e izquierda. Dudaba de mi propia capacidad para cumplir las normas que, entre tostas y platos de pasta, íbamos haciendo oficiales.</p>
<p style="text-align:justify;">- ¿Qué te vas a poner, Nela?</p>
<p style="text-align:justify;">- ¿Es que ahora me tutea, señor Moreno? Creí que no éramos más que unos auténticos desconocidos&#8230; -le espeté, rozando la ilegalidad en relación a la norma del coqueteo.</p>
<p style="text-align:justify;">- Cierto, señorita Bernal. Discúlpeme la falta de educación. Le preguntaba sobre su atuendo para esta noche.</p>
<p style="text-align:justify;">- ¿Es curiosidad o un ítem a consensuar?</p>
<p style="text-align:justify;">- Un poco de todo &#8211; el veto al coqueteo ya casi prescribía.</p>
<p style="text-align:justify;">- Puede dejarlo en mi mano. No le defraudaré.</p>
<p style="text-align:justify;">Con el juego visiblemente comenzado, seguimos la cena consensuando normas y estrategias. Era excitante poder visualizar lo que, con aparente frialdad, íbamos poniendo sobre la mesa. Yo llegaría a la una y media. Él lo haría 30 minutos más tarde, cuando todo estuviese encaminado. Así que a medianoche, como con síndrome de Cenicienta temerosa de las calabazas, Damián se despidió cortesmente, ofreciéndome un apretón de manos que pude notar en mis piernas, y desapareció en cuanto cerré la puerta. Volví la vista al fondo del pasillo. Mi cuarto. Hora de disfrazarse.</p>
<p style="text-align:justify;">Una ducha rápida me sirvió para meterme en el guión. Cerré los ojos y convertí en mil manos el agua caliente que golpeaba mis pechos y caderas, dibujando mi silueta suavemente, cayendo por mis largas piernas hasta perderse. Esquivé la tentación de llevar las mías a mi entrepierna y me conformé con el roce de la esponja enjabonada en la zona interior de mis muslos, sin llegar a tocarme siquiera. Dibujaba las ingles con cuidado de no traspasar la frontera. Si lo hacía, acabaría por buscar el orgasmo, y estaba segura de que lo encontraría sin dificultad. Pero no. Aquella noche no. Ese no era el objetivo.</p>
<p style="text-align:justify;">Volví a la habitación, ya seca, y paré un instante ante el espejo. Me gustaba lo que veía y disfrutaba con la idea de excitar a Damián. Pensé que no incurría en ilegalidad si me regalaba una breve caricia en mi zona púbica. Lo hice muy suavemente, temerosa de perder el control, y verifiqué que, efectivamente, no había peligro. Así que me sometí a la Nela juguetona y, mientras con la mano izquierda sujetaba mi larga melena en lo alto de la cabeza, llevé dos dedos de mi derecha a la boca para humedecerlos levemente con la lengua y volver abajo. Lo hice dejándola caer, abierta, desde el ombligo, y cuando el anular rozó el comienzo del clítoris cerré los ojos con satisfacción y sonreí. La excitación me golpeó inmediatamente. &#8220;Una pequeña carga no me vendrá mal para el juego de esta noche&#8221;, pensé. Me obsequié con un rápido paso por mis labios vaginales y me dispuse a prepararme. Las doce y media. Vamos.</p>
<p style="text-align:justify;">Un sujetador <em>push-up</em> con encaje negro. Mis pechos rebosaban en las copas. Un mínimo tanga a juego dibujando las redondeces de mis nalgas. Una blusa granate, sedosa, más transparente que tupida, que caía con gracia hasta el comienzo de mis caderas. Unos leggins oscuros, imitando cuero, resaltando la longitud infinita de mis piernas ayudados por mis zapatos fetiche, mis corte salón de aguja fina sobre los que me había paseado en mi primera visita a la casa de Damián la noche del vino y la cena para tres.</p>
<p style="text-align:justify;">Verifiqué mi atuendo en el espejo. Correcto. Un aspecto descuidado pero estudiado al milímetro. Me aseguré de que con los tres primeros botones liberados se alcanzase a ver bien la unión de mis pechos, que parecían querer salir de la camisa, redondos y bien erguidos. Estaba segura de que no defraudaría al señor Moreno. Cola de caballo para mi larguísima melena y pinturas de guerra. Un par de vistazos más. La una en punto. Chaqueta de cuero y llaves. Hora de salir&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;"><strong>PARTE 2</strong></p>
<p style="text-align:justify;">Llegué a la discoteca  a la hora acordada. A pesar de las restricciones impuestas, la cena en casa de Nela me había calentado lo suficiente como para tener que cambiar de ropa interior. No había ningún tipo de norma en cuanto a la vestimenta, pero ella prometió no defraudarme, así que yo hice lo propio. Escogí los bóxer CK en color negro, ajustados, marcando bien el bulto de mi paquete, los vaqueros que mejor trasero me hacen, en azul oscuro, un polo negro y mis <em>Le Coq</em> favoritas. Discreto, bien. No era yo quien debía llamar la atención aquella noche.</p>
<p style="text-align:justify;">Pasé toda la cena empalmado. Tener a Nela enfrente y no poder tocarla era demasiado para mí. Me esforzaba por mirarla a los ojos, y lo hacía, pero lo que veía no era su cara sino su nuca, su melena anudada en mi mano, su cuerpo a cuatro patas y yo detrás, castigándola de placer. De vez en cuando le sonreía y asentía, o repetía alguna de sus palabras, bien atento a cualquier pregunta trampa que pudiese venir, y ella parecía satisfecha de su interlocutor, mientras mi polla golpeaba la cremallera del pantalón pasando de la amenaza al ultimátum. Ni quise esconder la erección ni me importaba que ella me la notase cada vez que me pedía que me levantase a buscar más pan o para acercarle el queso rallado. Parecía muy interesada en hacerme sacar el culo de la silla, pero más interesado estaba yo al pillarla comiéndome con los ojos el bulto de mis vaqueros, crecido con los poco discretos coqueteos de Nela, de mi Nela.</p>
<p style="text-align:justify;">Sin romanticismos ni pasteladas, fuimos repasando las fases del plan y las normas del juego. Decidí que no llegaríamos al mismo tiempo, prefería aparecer cuando ya estuviese el ambiente preparado, y ella aceptó sin rechistar. No fue tan sumisa cuando le quise preguntar por la ropa. Al contrario, fui yo el que cedí a sus intenciones. Al fin y al cabo, y pese a lo estructurada que teníamos la noche, el factor sorpresa podía ser muy interesante. Nos despedimos en la puerta Nela, mi erección y yo con un cortés y profesional apretón. Aunque no era a sus manos a donde en verdad quería llevar las mías. La miré de nuevo a los ojos y la vi pegada a la pared, cabalgando sobre mi cintura y rota por mis embestidas. Y esa fue la imagen con la que salí de su portal, con la que arranqué el motor de mi Volvo y con la que finalmente me masturbé en el baño, una vez llegado a casa.</p>
<p style="text-align:justify;">Así que cuando, a la hora acordada, llegué a la discoteca, el bulto de mis pantalones era el que yo llevaba de serie. Cero erecciones. El portero me saludó con un &#8216;Buenas noches, Sr. Moreno&#8217; que me empachó el ego y se ofreció a guardarme la chupa de cuero. Accedí con satisfacción, consciente de las miradas asesinas de la interminable cola que desembocaba en la puerta del local y que por supuesto había pasado por alto.</p>
<p style="text-align:justify;">- ¿Sabes si Nela está dentro, Max? &#8211; le pregunté.</p>
<p style="text-align:justify;">- Sí, señor Moreno, llegó hace como media hora. Me dijo que usted vendría más tarde. Permítame que le diga que esta noche está imponente- me espetó.</p>
<p style="text-align:justify;">Lo miré inmediatamente, ya sin cortesías.</p>
<p style="text-align:justify;">- Me refiero a Nela, señor Moreno &#8211; me aclaró.</p>
<p style="text-align:justify;">Y, pese a la oscuridad del hall, casi pude verlo ruborizado. No le puse pegas a su apreciación. El plan transcurría sobre la marcha. Le di las gracias a Max y bajé las escaleras, dirigido por la música y las luces que venían del fondo.</p>
<p style="text-align:justify;">Miré el reloj. Un minuto para las dos de la madrugada. Decidí hacer una parada técnica en la primera barra, la de la entrada. En los escasos segundos que el camarero tardó en percatarse de mi presencia, tuve tiempo de detectar la mirada fija de la morena que, a mi derecha, agitaba un gin tonic de forma un tanto exagerada. Me sonrió. La miré bien. Follable. Nada más.</p>
<p style="text-align:justify;">- ¿Vodka, señor Moreno?</p>
<p style="text-align:justify;">- Sí. Gracias, Javier.</p>
<p style="text-align:justify;">- Si está buscando a Nela, la tiene en la pista, abajo. Y déjeme que le diga que esta noche está impresionante.</p>
<p style="text-align:justify;">Sin necesidad de aclaraciones, Javier se ganó la propina y yo me gané mi primer impulso instintivo. Intenté mantener la calma. Cogí mi vodka, sabiendo de la aún fija mirada de la morena follable, y, pasando descaradamente, le di la espalda para asomarme a la barandilla. El local estaba lleno, pero no me costó encontrarla. Morena, altísima y sexy, increiblemente sexy. <em>Leggings</em> negros, blusa granate de seda y aquellos zapatos de nuestra cena con Lucas. Espectacular. Efectivamente, sin defraudar. Bailando con la copa en la mano. Y convertida no sólo en mi objetivo, sino en el de otros muchos instintos animales apiñados a su alrededor, hipnotizados por sus caderas, ignorados por Nela. Miró el reloj y dirigió la mirada hacia mí. Desde arriba, levanté mi copa invitándola a seguir. O a empezar. Discretamente, me guiño un ojo y se mojó los labios. Arrancaba el juego. Y yo volvía a estar empalmado.</p>
<p style="text-align:justify;"><em>(continuará&#8230;)</em></p>
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		<title>Cena a tres. Rendida a Baco</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Mar 2013 11:10:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nela Bernal</dc:creator>
				<category><![CDATA[RELATOS]]></category>

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		<description><![CDATA[[accede a la versión en gallego] el placer de la cocina a cuatro manos la complicidad entre dos personas alrededor de una mesa &#8230; las miradas en una cena para dos (o para tres) cocinar como método de seducción, comer<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=afervenzadosur.com&#038;blog=23641593&#038;post=3840&#038;subd=afervenzadosur&#038;ref=&#038;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<h6 style="text-align:right;"><a href="http://afervenzadosur.com/cea-a-tres">[accede a la versión en gallego]</a></h6>
<p><img class="aligncenter size-large wp-image-4214" alt="Rendida_A_Baco" src="http://afervenzadosur.files.wordpress.com/2013/03/rendida_a_baco.jpg?w=710&#038;h=475" width="710" height="475" /></p>
<blockquote><p>el placer de la cocina a cuatro manos<br />
la complicidad entre dos personas<br />
alrededor de una mesa &#8230;<br />
las miradas en una cena para dos<br />
(o para tres)<br />
cocinar como método de seducción,<br />
comer con las manos, intercambiar fluidos,<br />
el post postre&#8230;<br />
un final feliz &#8230;</p></blockquote>
<p style="text-align:justify;">Avanzaba por el empedrado con miedo de perder un tacón o la cabeza y apurada por el autoritario sonido de la Berenguela, que me informaba puntual. Llegaba tarde, para variar, y el desasosiego crecía en mí al mismo ritmo que mi corazón se desbocaba. Por fin aquella noche, por fin la cena que llevaba meses esperando&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">Accedí a aquel angosto callejón escuchando ya sólo mis pisadas en el suelo. Era una de esas noches de primavera que sabían a verano en Compostela y los vecinos de la ciudad se habían lanzado a la calle a probar la sensación de caminar bajo la luna con los brazos desnudos. Pero ya quedaban lejos, contemplando la belleza nocturna de la Catedral y llenando las ya abarrotadas terrazas de la Quintana.</p>
<p style="text-align:justify;">El termómetro había decidido aliarse conmigo aquella noche para que pudiese descubrir los hombros y la espalda. Un vaporoso vestido negro amarrado a mí sólo por el cuello y los finos tacones eran mis únicos acompañantes en aquella carrera a través de la zona vieja. Los únicos. Sentía una leve brisa en cada cruce de piernas y mis pechos celebraban con alegría sus momentos de libertad bajo la ropa. Fui bajando el ritmo y entonces volvieron a sus puestos, bien colocados e invitando a pasar por entre ellos. Paré. Una puerta de madera. Una casa con encanto. Número 20. Ya había llegado.</p>
<p style="text-align:justify;">Gasté un momento en respirar. Pasé la mano por mi larga melena, recogida aquella noche con un palo dorado que hacía las veces de picahielos de urgencia. Coloqué el vestido. Abrí la cartera. Comprobé el iPhone, un poco por rutina, un poco porque aún albergaba el temor de una anulación de última hora que me obligase a deshacer el camino andado. Dos notificaciones de Twitter, algún nuevo <i>follow</i> y una llamada de mi madre. Nada que no pudiese esperar, así que pulsé el interruptor del ‘modo avión’ para luego hacer lo propio con el del timbre. Pude echar una mirada rápida a la mujer que se reflejaba en el escaparate a mis espaldas y reaccioné con aprobación. Me veía bien, me veía guapa, aquella noche había conseguido estar radiante.</p>
<p style="text-align:justify;">Un ruido me hizo volver a la puerta de madera, que ya había desaparecido para mostrarme una sombra por entre las luces, unos ojos en la oscuridad. Era él. Llené de aire los pechos, erguí la cabeza y con una sonrisa distraída entré en la casa con paso firme. Cerró la puerta tras de mí. Yo no apuré el paso porque me quería recrear con cada segundo cerca de él. Aquella noche él cocinaba para mí. Y aquella noche yo sería el postre&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">El recibidor estaba oscuro, pero por el hueco de la escalera bajaba un tentador resplandor desde el primer piso. Le ordené a mi trasero que dejase de contonearse para volver la cabeza hacia él y echarle una mirada con interrogación. Extendió la mano invitándome a subir. No tenía intención de mostrarme sumisa aquella noche, pero buscaba desesperada una luz que me dejase verle el rostro, esos ojos que me quemaban, esos labios que tantas veces antes me habían mojado. Así que obedecí asegurándome de que me seguía muy de cerca para ser capaz de notar bajo mi vestido negro unas nalgas que yo me esforzaba por hacer bailar a cada avance de mis pies escaleras arriba. Ya podía oler el primer plato&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">Llegada al primero piso, tuve que cerrar los ojos un instante hasta asegurarme de tener cómodas las pupilas. Lo hice y quedé paralizada. Lo que allí había no parecía verdad, se semejaba más a algo salido de un sueño. Cocina y comedor compartían un espacio diáfano y blanco salpicado por el sofá morado que, estratégicamente situado, permitía controlar la vista de la televisión y la que se abría tras una ventana de dimensiones infinitas que dibujaba el paisaje de Santiago como en un cuadro a tamaño real.</p>
<p style="text-align:justify;">Cerré la boca y me percaté de que estaba seca, así que instintivamente llevé la lengua a acariciar mis labios..</p>
<p style="text-align:justify;">- ¿Una copa?</p>
<p style="text-align:justify;">Había olvidado que no estaba sola, por lo que la voz de Damián me arrancó de mi ensoñamiento con un pequeño salto que aceleró mi corazón. O quizás es que ya venía acelerado de casa, y esa voz no me ayudaba a calmarlo. Respiré con los dos pulmones, un tercero si lo hubiese, y lo miré. No recuerdo cómo me pude mantener en pie, ni siquiera fui capaz de decir un ‘si’ y me limité a hacerle un gesto con la cabeza, pensando que esa copa que me ofrecía sería mi salvación.</p>
<p style="text-align:justify;">Con la mirada seguí su trayectoria hacia la cocina. Un pantalón negro de pinzas bajaba por sus piernas hasta caer sobre unos zapatos italianos del mismo color, elegantes y con mucha clase. Como él. Todo en él era elegancia y clase. Exquisito hasta en el descolocamiento estudiado de la camisa blanca por fuera del pantalón y arrugada en los codos. Se le ajustaba al cuerpo y dibujaba su buena figura. Se le notaba el gimnasio. Despeinado y con una barba de dos días, su pelo castaño brillaba especialmente. Era todo lo que necesitaba y aquella noche era para mí. Iba a saber qué ocultaba bajo la camisa, iba a conocer el sabor de su piel y por fin calmaría aquel ardiente deseo que me quemaba la <i>fervenza</i> y que ya no podía contener. No lo haría más.</p>
<p style="text-align:justify;">- ¿Qué tal, Nela?</p>
<p style="text-align:justify;">Lo hizo de nuevo. Me despertó del sueño y me di cuenta de que mi plan de control no estaba saliendo todo lo bien que esperaba. Había llegado radiante y segura de mí, pero en aquel momento ya me había hecho más pequeña. Su voz me encogía y me obligaba a clavar mis altos tacones bien profundos en el suelo. Esa misma voz que me estremecía al pronunciar mi nombre. La misma que había oído por primera vez meses atrás en aquella cata de vino a la que, por casualidad y por acompañamiento solidario, había acudido sin interés. Aquel día, perdida entre conversaciones ajenas a mí, a mis oídos llegó de repente la voz de Damián. &#8220;Siempre hay un dúo clásico en el maridaje entre mariscos y vinos blancos. Partiendo de ahí, un Albariño corte clásico, más bien seco&#8230; sin duda un Rías Baixas de O Salnés o un Condado, harían un maridaje más que correcto, donde la salinidad del marisco se mezcla perfectamente con la del vino&#8230;&#8221; Estaba en la sala contigua, impartiendo una especie de <i>master class</i> del vino, y no pude evitar mezclarme por entre el público arrastrada por un instinto primigenio dee atracción. Algo me pasó aquel día. &#8220;Existe una entelequia en el mundo del vino que dice ‘sí’ a la proximidad de los viñedos con el mar, y hace que este último traslade la salinidad a la uva, e de la uva al vino, a la boca, de los labios a &#8230; y así una rueda y vuelta a empezar&#8230;&#8221; Aunque ya habían pasado meses, y ya había perdido la cuenta, era capaz de recordar, y oír, cada una de las palabras que le escuchara decir aquel día. Me había hecho con el video en Youtube y había pasado días y días estudiando los gestos, las palabras y los pestañeos de Damián. Magnético, sexy y arrebatador, con el tiempo me inculcó su pasión por la cocina y los vinos. Y, por fin en su casa, me iba a regalar pasión fuera de la cocina.</p>
<p style="text-align:justify;">Volví a la tierra.</p>
<p style="text-align:justify;">- Sí, muy bien. Gracias. Tienes una casa espectacular.</p>
<p style="text-align:justify;">Me entregó la copa y juraría que sentí y vi la electricidad cuando su dedo índice rozó mi mano. Ya estaba totalmente excitada y no tenía la seguridad de poder aguantar toda una protocolaria cena antes del postre. Sobre todo cuando, una vez el vino blanco ya estaba conmigo, se acercó a mi cara para besarme muy cerca de la comisura de los labios. Apreté las rodillas con intención de no caer y lo conseguí, no sin esfuerzo. Vi cómo volvía a la cocina, con el mismo paso elegante y sexy, mientras mi <i>fervenza</i> se congratulaba con la idea de tenerlo aquella noche sólo para mí. Encuentros a escondidas y disimulos hasta la fatiga habían desgastado mi paciencia, así que cuando nuestras vidas estaban por fin ordenadas y Damián me invitó a cenar, un anhelado alivio vino para quedar conmigo. Por fin allí. Por fin solos. O eso pensaba yo.</p>
<p style="text-align:justify;">Aprovechando su ocupación en la zona de los fogones, me acerqué a la mesa y dejé la cartera para centrarme en el vino. Mantel negro, vajilla blanca y utensilios para marisco. Parecía perfecto, pero algo no encajaba en aquel bodegón. Quedé mirando un momento esperando detectar el error y enseguida me percaté. Su plato. El mío. Y un tercero. ‘¿Qué&#8230;?’</p>
<p style="text-align:justify;">- ¿Cómo van las centollas?</p>
<p style="text-align:justify;">Una voz desconocida pegó en mis oídos con dolor. ¿Quién era aquel hombre y quién lo había invitado a mi sueño? Me desencajé yo y creo que también mi rostro, porque el desconocido se calló repentinamente y Damián no tardó en reaccionar.</p>
<p style="text-align:justify;">- Nela, este es Lucas, mi socio en el restaurante. Cenará con nosotros esta noche.</p>
<p style="text-align:justify;">Quedé de piedra, incapaz de clasificar mi estado de ánimo. Una mezcla de ira y decepción sacaba la cabeza por entre mis ganas de escapar de allí. A riesgo de soltar una lágrima de rabia, no pude decir nada más que un ‘hola’ claramente violento. Me había hablado de aquel Lucas en alguna ocasión, y de hecho en los últimos días insistía bastante en contarme cosas sobre él. No alcanzaba a comprender qué significaba aquello, estaba incómoda, me sentía fuera de lugar, desnuda y expuesta, y por primera vez en la noche eché en falta mi ropa interior.</p>
<p style="text-align:justify;">Me convertí en espectadora accidental de una escena que, a pesar de todo, se desarrollaba con naturalidad. Damián en la cocina, Lucas con él, echándole una mano y riendo con complicidad. Pensé que si al final resultaba estar desinteresado no solo en mí sino en el género femenino en general, y que si el caldo que mejor maridaba con él era el de Lucas y no el mío, seguro que le hubiese sido más sencillo contármelo igual que tantas otras intimidades habíamos compartido en nuestras largas conversaciones. Que si la forma que había escogido para dejar claro que nunca bebería de mí era aquel extraño teatrillo que tanto me incomodaba, perdía entonces toda la elegancia que parecía tener. No sabía qué pensar. Y allí estaba, en pie junto a la mesa como parte de un mobiliario salido de algún catálogo. Sentía las mejillas arder y no era por el vino que bebía ya de forma compulsiva, esperando encontrar en la copa algo de lucidez.</p>
<p style="text-align:justify;">- ¿Nos sentamos?</p>
<p style="text-align:justify;">Intervino Lucas para despertarme del coma y yo obedecí casi de forma automatizada, mientras miraba para el tercer plato de la mesa, sobre el que dibujaba miles y miles de signos de interrogación sin respuesta, mientras veía cómo se diluía la imagen de las manos de Damián subiendo por mis piernas hasta perderse en mis labios <i>fervenceiros</i> desechos en agua; ya no alcanzaba a visualizar su pecho desnudo debajo de mí mientras lo cabalgaba; ni a imaginar su sudor goteando en mis pezones duros, firmes y castigados de placer&#8230; Todas esas fantasías se tornaban invisibles pero las ganas allí estaban, y cuando vi que se acercaba a la mesa con la bandeja de marisco tuve que cruzar las piernas para controlar los latidos de mi entrepierna, ya húmeda. Deseaba a aquel hombre más que a nada y veía que finalmente tendría que ser yo misma la que bajase mis propias pulsaciones. Estaba furiosa con él, y furiosa conmigo por las horas de preparación aquella tarde, por escoger con tanto esfuerzo la vestimenta y por haber levantado el vestido para acariciar mi pubis ante el espejo imaginando el sexo que disfrutaría aquella noche.</p>
<p style="text-align:justify;">Cando me quise dar cuenta, ya tenía algunas piezas de moluscos en el plato y Damián y Lucas comentaban divertidos, enfrente de mí, algo relacionado con el marisco, o con el mar, o con el restaurante o yo qué sé. No me interesaba nada su conversación, estaba centrada en mi deseo de desaparecer a través de aquella ventana infinita y darme de frente con la Berenguela de la Catedral. Sería un buen desenlace. Al fin y al cabo el golpe no supondría nada en comparación con la bofetada que había recibido esa noche. Tentada a echar a correr hacia el baño para procurar algún alivio masturbatorio que me permitiese recuperar la cabeza, tomé la milagrosa decisión de acabar la noche con dignidad. Si Damián no tenía la suficiente elegancia como para evitar aquella película, claramente incómoda para mí, no me iba a poner yo a su altura. Sería la Nela que decidiese ser, segura y radiante y, sobre todo, elegante. Le daría una lección.</p>
<p style="text-align:justify;">- Así que tienes un blog&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">Las buenas intenciones de Lucas por abrir conversación fueron un buen movimiento para arrancar la partida. Aquella noche jugaba con todas mis piezas y no tenía pensado perder. Pasé la mano por el pelo, instalé mi mejor sonrisa y acerqué los brazos a ambos lados de mis pechos, apretándolos bajo el vestido. Aproveché la distribución en la mesa para mostrarle a Damián, justo enfrente de mí, que tenía un par de buenas razones en las que nunca llegaría a profundizar. O eso pensaba yo&#8230;</p>
<p style="text-align:center;" align="center"><b>PARTE II</b></p>
<p style="text-align:justify;">- Si, un blog de sexo. Escribo en él desde hace un par de años, aunque últimamente lo tengo bastante abandonado. Pienso que me está faltando inspiración- En cuanto pronuncié la sílaba acentuada de la última palabra, le regalé a Damián una de mis miradas más venenosas.</p>
<p style="text-align:justify;">- Es estupendo. Yo siempre quise escribir, tengo muchas ideas pero al final nunca encuentro un hueco para hacerlo. El restaurante me saca mucho tiempo&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">Sí. El restaurante y el chef. Me percaté de que estaba fijando en el estómago un estado de celos que no me agradaba nada. Lo esquivé y continué con mi brillante papel.</p>
<p style="text-align:justify;">- Si alguna vez te animas, te leeré seguro- le dije, con una fingida sinceridad que hasta me ensordeció a mí. Y cuando aún no había acabado de decir ‘seguro’, algo me sobresaltó por debajo de la mesa. Un zapato jugaba por entre mis tacones, sin llegar yo a distinguir quién era su dueño. ¿Qué significaba aquello? Dejé pasar un par de segundos para verificar que efectivamente no se trataba de un error. Alguno de aquellos dos hombres, de aquella presunta pareja, estaba manteniendo una conversación con mis pies en segundo plano. Intenté ordenar mis ideas aprovechando que volvían a entrar en una charla sobre no sé qué proveedores, para fijar los ojos en la mesa, atravesar el mantel con la mirada y destapar la identidad del dueño de aquel pie. Tuve que conformarme con hacer memoria y visualizar el calzado de mis acompañantes. Damián: zapato negro, piel, italiano. Podría ser, sentía un tacto suave sobre mis tobillos. Lucas. Lucas? No sabía. Su sorprendente y triunfal salida del baño me había despistado lo suficiente como para ni siquiera fijarme en él. Seguían con su interesantísima y profunda conversación sobre pedidos y albaranes, así que aproveché para examinar al invitado sorpresa. O a lo que asomaba por encima de la mesa, Tentada a dejar caer la servilleta y perderme bajo el mantel, me conformé con su mitad superior. Polo blanco sobre piel pintada por el sol, pelo castaño claro cayendo sobre unos hermosos ojos verdes. De pronto se me antojó apetecible, incapaz yo de discernir entre la necesaria objetividad y la excitación que me hervía entre las piernas.</p>
<p style="text-align:justify;">Me encontraba concentrada en el examen visual cuando mi propio examinado se percató de mi interés y abandonó a los proveedores para volver a mí. Me dedicó una sonrisa y me rescató de mi parálisis no sin antes regalarme una vergüenza que enrojeció mis ya encendidas mejillas.</p>
<p style="text-align:justify;">- Perdona, Nela. El monotema del restaurante, ya sabes&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">- Claro, no te preocupes –respondí con una caída de ojos. Pero que haces, Nela? Me pregunté enseguida. Trasladé los ojos a los de mi en otro tiempo casi amante, buscando una interacción. Sus pies, según la conclusión a la que pude llegar, seguían trabajando en los míos e iniciaban un interesante ascenso piernas arriba. Me aplaudí por la ahora genial idea de no llevar bragas. Si la partida continuaba en esa dirección, acabaría ganando como mínimo algún roce genital. Me gustaba la idea de tener a Damián entre las piernas, ya fuese su lengua o alguna otra extremidad, y la excitación de ese pensamiento incluso conseguía apartar de mi mente la confusión que me generaba aquel extraño teatrillo. Seguía sin saber qué pasaba, pero sentir a aquel hombre que tanto deseaba caminando por mis muslos, ya sin zapato, me anulaba la voluntad de preocupación. Así que decidí disfrutar de Damián. Quizás Lucas no era más que un peón en aquel tablero de juego. Quizás un secundario que haría mutis por el foro en algún momento de la noche, tras el café, para dejarnos solos en escena, sin público ya, ni apuntador, ni director ni nada, porque aquello era obra nuestra, de los dos, y seríamos nosotros los encargados de bajar el telón.</p>
<p style="text-align:justify;">Conocía bien el gusto de Damián por saberme sin ropa interior. Y no era la primera vez que quedaba sin ella por voluntad suya, directa o indirecta. Moví las piernas y sentí friccionar mi propia piel, caliente y sudorosa, humdecida por el efecto de la natural lubricación de mi centro de gravedad. Cerré los ojos para respirar y recordé aquella otra ocasión. Algunas semanas después del primer encuentro con Damián, ya establecida una estratégica conversación 2.0 con él y convencidos los dos de compartir una conexión especial nunca antes experimentada, decidimos encontrarnos casualmente con motivo de unas jornadas sobre <i>La huella de Baco en el arte</i>, en Santiago. Yo acompañaba de nuevo a Isa, esa amiga mía realmente interesada en el mundo del vino. La primera vez había ido obligada. Esta segunda, voluntaria y casi por iniciativa propia. Llegamos temprano al edificio de la Fundación Caixa Galicia, en la Rúa do Vilar, así que tuvimos tiempo de echar un ojo a la exposición temporal, una muestra de cartelería cinematográfica verdaderamente interesante pero a la que sólo atendí protocolariamente. Llevaba el iPhone en la mano y consultaba de forma autómata y casi obsesiva la lista de Mensajes Directos de Twitter. El último de Damián, de la noche anterior, decía ‘Dulces y húmedos sueños’. No sabría nada de él hasta verlo entrar por la puerta, y ya me tardaba el momento. Me había preparado a conciencia aquella mañana: cerca de dos horas fueron necesarias para por fin decantarme por una falda ligera que acababa en mis rodillas y una camiseta que realmente invitaba a mirar. Era consciente, pero había decidido aferrarme al argumento de la canícula de calor que barría Compostela en aquellos días del mes de junio.</p>
<p style="text-align:justify;">Llegada la hora, nos acercamos a la sala de la conferencia siguiendo a aquella pequeña marea de gente y nos sentamos en las últimas filas. Necesitaba una buena vista de la puerta de entrada y a Isa no le pareció importar mi preferencia. Busqué entre las cabezas los ojos de Damián, pero sin resultado. No estaba allí, y empezaba a pensar que yo tampoco debía. No era lugar para mí y estaba a punto de soportar cuatro horas de un discurso que no me interesaba. Me acomodé en la silla y presté atención, no sin antes echar un ojo al Twitter. Pero sin resultado.</p>
<p style="text-align:justify;">Pasada no más de media hora, el tiempo justo para las palabras inaugurales y la presentación del primer ponente, y con intención de esconder un inevitable bostezo -estaba convencida de que sería el primero de muchos- le presté atención a la puerta y por un instante dejé de sentir el corazón. Allí estaba, en pie, manos en los bolsillos del pantalón, con ese aire informal pero preparado que me volvía loca. A mí y a unas pocas más que, desde sus sitios, retorcían el pescuezo a la búsqueda de un mejor ángulo de visión de Damián. Era verdaderamente atractivo y apetecible. Y mi corazón parecía saberlo, porque enseguida volvió para golpearme el pecho con fuerza, con un estruendo que se podía escuchar desde fuera y que pensaba que acabaría por interrumpir la conferencia. Cambié el juego de ojos para atender a la charla una vez que Isa se revolvió en su asiento. Yo buscaba discreción, y desde luego que dirigir la cabeza noventa grados al este de la mesa de ponentes no era lo más discreto. Atendí a la conferencia, o hice como que tal, dos o tres segundos, para buscar de nuevo a Damián. Temía que en uno de esos movimientos desapareciese dejando un rastro de humo. Pero seguía allí, ahora apoyado en la puerta y escribiendo algo en el iPhone. Consulté el mío. Accedí al perfil de Twitter. Un Mensaje Directo. Y muy claro: “Las bragas. Ahora”.</p>
<p style="text-align:justify;">- Voy al baño- Me disculpé ante Isa, esperando que no hiciese preguntas. No las hizo. Así que me dirigí a la salida silenciando mis tacones en el aire e intentando no molestar al atento público de Baco. Exitosamente, llegué a la puerta sin despertar interés alguno. Tan solo el de Damián cuando pasé a su lado lentamente y clavando mis ojos en los suyos. Me respondió con una sonrisa que descargó electricidad en mi <i>fervenza</i>, ya palmeando de excitación. Pude ver su lengua asomando por aquellos sabrosos labios y no tardé en imaginarla trabajando en mí y para mí.</p>
<p style="text-align:justify;">Entré al baño con el único propósito de deshacerme de mi ropa interior. Me gustaba aquel juego tanto como a él, pero echaba en falta dos manos que me ayudasen. Paré un segundo para respirar y verificar mi estado. Me sentía llena de poder y sedienta de los labios de Damián, al que de repente vi en el espejo, detrás de mí. Al parecer no había cerrado la puerta, y me felicité por ello. Tampoco lo hizo él, alimentando mi excitación mientras se acercaba para poner las manos en mis caderas, arrugando la falda en ellas. La tela subía lenta desnudando mis muslos a su paso mientras sentía su respiración en el cuello, el mis oídos&#8230; sin poder casi moverme. Estaba ya contra la pared, brazos en alto y piernas separadas. Cuando toda la falda estaba en mi cintura, las manos de Damián acariciaron el mínimo y empapado tanga de encaje azul que había escogido aquella mañana sin intención de perderlo. Ahora me sobraba. Separó la tela de mis carnes con cuidado, con un único dedo en cada cadera, deslizando el minúsculo tanga piernas abajo. Noté cómo se despegaba de mis labios vaginales, llenos y erectos, con un movimiento silenciado por la palpitación del clítoris, que luchaba por escapar de mí. La excitación era tal que alcanzaba un punto insoportable. Necesitaba descargar aquella dolorosa erección que crecía al roce de los dedos de Damián dibujando mis piernas.</p>
<p style="text-align:justify;">Llegado al tobillo, separó mi pie derecho del suelo para liberar al tanga de mi cuerpo, e hizo lo propio con el izquierdo. Le supliqué, no sé cómo, que me ayudase o me matase ya. No había rincón de mi cuerpo que no sudase o lubricase, y el riesgo de que alguien ajeno pudiese abrir la puerta imprimía ganas y prisa al involuntario movimiento de mi <i>fervenza </i>llamando a los dedos de Damián.</p>
<p style="text-align:justify;">Con las rodillas en el suelo y sus manos de vuelta en mis caderas, de forma case imperceptible dejó viajar su nariz lentamente muslo arriba para besarme las nalgas y acariciármelas con un sublime roce que me hizo soltar un ‘por favor’ tras otro, pidiendo clemencia, suplicando que me condenase ya, en una rendición voluntaria a la que respondió levantándose y entrando en mí con dos dedos que supo mover con un ritmo y una destreza exquisitos y que me llevaron a un orgasmo casi instantáneo, a cerrar los ojos para no perder el sentido. Me temblaban las piernas y estaba sujeta a él. Un brazo suyo desde mis pechos y hasta mi boca, apretándome contra él. El otro, manejando mi <i>fervenza</i> en embestidas y juegos de dedos que me llevaron a deshacerme mientras mordía su mano en un intento por ahogar mis gritos. Me elevó a ese otro nivel de consciencia fuera de mí. Unida a él por el pecho, morí de placer como nunca antes. “Te adoro”, me susurró finalmente.</p>
<p style="text-align:justify;">Volví a mi asiento, con Isa. Damián se había perdido entre el público. Retomamos el juego de los dos desconocidos. Aquella mañana no recuperé de todo el sentido. Tampoco mi tanga, que Damián guardó en el bolsillo izquiero del pantalón para acariciarlo disimuladamente entre conversaciones y vinos. Y entre miradas de complicidad que yo recogía con discreción.</p>
<p style="text-align:justify;">Volví a las centollas en el instante justo para que Lucas me preguntase si quería más vino. Acepté con un gesto, viendo la oportunidad de quedar solos en la mesa, pero Damián se adelantó amablemente echando por tierra el plan. Se levantó de la mesa y lo seguí con la mirada camino de la cocina. No obstante, no eché en falta el juego de pies. Allí seguía, muslo arriba, caminando por mí&#8230; Lucas! Qué&#8230;? Mi cara de sorpresa no pareció afectarle lo más mínimo. Me guiñó un ojo. Me sentí vendida. No me moví. Miré un poco más lejos. Damián descorchando el vino. Lucas encendiéndome bajo la mesa. Y yo, perdida. Muy perdida. Pero excitada como nunca&#8230;</p>
<p style="text-align:center;"><strong>PARTE III</strong></p>
<p style="text-align:justify;">No era capaz de distinguir entre el efecto de aquel delicioso vino y la falta de riego, y no sé si por una o por otra razón la voluntad y la razón decidieron abandonarme a un tiempo. Así que dejé que Lucas manejase las cuerdas de mis instintos, sin pensar en consecuencias, pretensiones o correcciones protocolarias de cenas con marisco. Me gustaba lo que aquel hombre me hacía y no sería yo quien le ordenase parar. Ni me vía capaz. Mi cabeza, o la mínima parte racional que de ella me quedaba, pedía vino al mismo tempo que me lanzaba pequeñas señales de alarma que yo esquivaba con gran destreza.</p>
<p style="text-align:justify;">Vi a Damián observándome en su camino de vuelta a la mesa. Se le veía feliz y satisfecho. Pensé si tal vez Lucas me iba a dejar un sobre con billetes en la almohada después de aquella noche, y calculé rápidamente qué comisión llevaría mi amante originario. Mi presunto amante originario. Y proxeneta, por lo visto. Seguía sin entender, pero ya no me importaba. Había borrado todo vestigio de ira lamiendo las patas de la centolla y dejando al vino escurrirse por mi garganta.</p>
<p style="text-align:justify;">Tuvo el tiempo justo para posar la botella descorchada sobre la mesa antes de que el timbre de la puerta nos golpease los oídos. Damián miró hacia las escaleras, sorprendido. Yo pude notar cómo mis nalgas se despegaban de la silla en un movimiento ultrarrápido. Lucas apartó de mi su pie de forma instintiva. Esa alteración en mis compañeros de mesa provocó en mí, sin embargo, un alivio instantáneo, al verificar que no se trataba de un cuarto comensal programado.</p>
<p style="text-align:justify;">- Voy a ver – dijo Damián, y por primera vez tuve la impresión de que se saltaba el guión. Se dirigió hacia el hueco de las escaleras y desapareció por entre esa oscuridad que un tiempo antes, ya non sabía cuánto, me había cegado por completo. La Nela que había subido radiante al primer piso nada tenía ya que ver con esta Nela que se dejaba hacer por debajo de la mesa, pensé. Y por un instante me pareció recuperar algo de cordura, creí despertar de los efectos de aquel delicioso veneno de uva fermentada y accedí a la idea de alejarme de la mesa. Tarde.</p>
<p style="text-align:justify;">Cuando volví la cabeza, Lucas ya no ocupaba su espacio en el bodegón que se había estado pintando con el avance de aquella noche. Bien lejos de aquella disposición, había ocupado una silla a mi lado y había decidido hacer un trueque entre pie y mano para trabajar ahora mi muslo izquierdo. Dejó caer los dedos cerca de mi rodilla en un movimiento muy delicado, muy precavido, con el que evitó quemar su piel con la mía, en riesgo de combustión inminente. La voz de Damián hablando en el piso de abajo con alguien que parecía ser una vecina, quedó silenciada enseguida.</p>
<p style="text-align:justify;">- Háblame del blog. ¿Dónde encuentras la inspiración?- me preguntó Lucas, obviando el hecho de que me estaba metiendo mano por debajo de la mesa. “En esto mismo”, le quise responder. Sin embargo, intentaba no alimentar esa desatada fijación suya en ascender por mi cuerpo. Al mismo tiempo, tampoco quería frenarla.</p>
<p style="text-align:justify;">- Diría que es una mezcla de inspiración espontánea y mucha imaginación. Tengo facilidad para visualizar situaciones, en unas ocasiones recuerdos y en otras fantasías. No es algo que tenga ordenado o esquematizado. La mayor parte de las veces es coger el portátil, escribir el primer párrafo y todo lo demás ya me viene dado. Trabajo en los relatos según me lo indican mis deseos&#8230; – Acabé la frase con un leve avance de mis nalgas sobre la silla, casi imperceptible pero suficiente para obligar a la mano de Lucas a subir hacia mi desnuda <em>fervenza</em>.</p>
<p style="text-align:justify;">Respondió con satisfacción. Tan cerca, con una mano en mi pierna y otra sujetando la cabeza y sirviéndole de apoyo al mentón, no podía discernir si el aroma que me embriagaba era su perfume o el trabajo hormonal. Provocaba en mí un efecto inmediato, y en mis pezones un endurecimiento que amenazaba con rasgar las telas del vestido, movido por el acelerado ritmo de mi corazón. Me sentía a punto de explotar.</p>
<p style="text-align:justify;">Pero lejos de explotar, desperté con las explicaciones de Damián, ya de vuelta al primer piso. Una vecina que tal. Unas humedades que no sé qué&#8230; Me levanté de la silla como un resorte, me disculpé torpemente y salí a la carrera hacia el baño. Me sentía como una niña pillada robando dulces en la tienda del barrio. La vergüenza subía por mí arriba y me ruborizaba la cara. Lo pude comprobar ya ante el espejo. No tardé en abrir el grifo del lavabo para procurar una salvación. El agua fresca sobre mis manos y mojando la nuca me proporcionó un alivio instantáneo pero no absoluto. Necesitaba parar. Bajar del tren en medio del camino, con el apeadero bien lejos, para hacer visión de conjunto. Me acerqué a la bañera de hidromasaje y apoyé las nalgas en las frías baldosas que dibujaban su contorno. Superé la tentación de llenarla y perderme bajo el hielo, o caminar hasta la ducha y dejar resbalar mi espalda por la pared hasta el suelo con el rociador, de proporciones excesivas y colgado del techo, lavando dulcemente la calentura de mi cuerpo. Superé, no sin esfuerzo, la tentación de llevar la mano a mi entrepierna y concluir el trabajo iniciado en el salón. No me masturbé, no. Pero sí me permití un breve acceso para determinar los niveles de humedad bajo el vestido, incapaz de discernir entre la lubricación o una presunta eyaculación precoz.</p>
<p style="text-align:justify;">Verificado mi estado vaginal, neural y neuronal, tomé la determinación de poner fin a aquella locura. ¿Era prudente dejarme levar por una corriente sexual cuya desembocadura me era totalmente desconocida? ¿Sobreviviría mi dignidad a aquel anárquico e imprevisible <em>laissez-faire</em> sobre mi cuerpo, desnudo de voluntad? ¿Merecía la a pena poner en riesgo mi relación con Damián olvidando ese algo especial que nos unía?</p>
<p style="text-align:justify;">La respuesta no me tardó en llegar. Tan pronto como dirigí mis tacones fuera del baño, no pude dar más de dos pasos antes de quedar inmóvil. Frente a mí, la visión más excitante, enloquecedora y apetecible jamás vista antes. Mis dos compañeros de mesa se encontraban ahora en pie, ya descalzados y desnudando los torsos. Lucas dejando caer el polo blanco en el suelo de madera. Damián liberando el último botón para hacer lo propio con la camisa. Ambos mostrándome aquellos hermosos y perfectos abdominales, los brazos dibujados por exquisitos pinceles y amarrados a sus irresistibles y esculpidos pechos. Recorrí aquellos cuerpos con la vista haciendo una breve parada en la cintura de los pantalones, el negro de pinzas y los <em>jeans</em>, ya sin cinturones, con los pies descalzos, apoyados en las caderas en una armoniosa visión que alimentó mi hambre y me arrancó de nuevo todo resquicio de lucidez. Permanecían estáticos y sincronizados con los brazos caídos, como estatuas de museo de cera. Admiraba aquellas dos obras de arte que observaba con apetencia mientras me clavaban los ojos en una clara invitación a derretirnos. Dudé. Un segundo. Quizás medio. Y respondí.</p>
<p style="text-align:justify;">No fue necesario hablar siquiera. En un acto reflejo y lento, llevé mi mano derecha a la zona alta de la cabeza para deshacerme del picahielos, dejando caer mi larga, lisa y oscura melena sobre los hombros ayudada por un leve movimiento de cuello. Allí estaba mi respuesta. Decidida a una rendición definitiva, acepté la invitación a aquella inédita experiencia con la seguridad de que lo que estaba por llegar no daría opción a arrepentimientos.</p>
<p style="text-align:center;"> <strong>PARTE IV (FINAL)</strong></p>
<p style="text-align:justify;">Busqué en mi archivo archivo memorístico sexual y, no encontrando fondos propios más que de <em>ménages</em> con clara mayoría femenina, paseé la imaginación por las muchas películas porno de delicadeza ausente que tantas veces había pasado voluntariamente por alto en mis sesiones particulares. Multipenetraciones y felaciones a dos bandas no se acercaban a lo que había planeado para aquella noche, pero la curiosidad era mucha y entendí que sería el peaje a pagar en una autopista sin salida.</p>
<p style="text-align:justify;">Así que fui hacia ellos. Piloté mis altos zapatos negros con toda la sensualidad de la que fui capaz mientras mi melena iba cogiendo forma y gravedad, ocultando la ausencia de tela en mi espalda. El camino hacia aquellas dos esculturas, por hermosas y quietas, me había engañado en distancia y dificultad. Pude sentir el temblor de piernas por orden <em>fervenceira</em> mientras mis pies no eran capaces de encontrar el equilibrio sobre la madera. Me pareció que fueron 50 ó 100 kilómetros y algo más de dos horas lo que tardé en llegar a mi destino, pero una vez que me rodearon aquellos dos cuerpos a medio vestir, la confianza volvió a mí y entonces sí, el tiempo voló sin remedio.</p>
<p style="text-align:justify;">Fue a Damián, a mi derecha, a quien le regalé una mirada primero. Pura cortesía, supongo. Me colocó la melena cuidadosamente a un lado de la cara y arrancó el partido con un dulce beso en el cuello. Cerré los ojos en un arrebato de placer y alimentada por el efecto de las manos de Lucas quien, desmarcándose por la banda, dibujaba una por una las vértebras de mi espalda hasta aquel punto en el que esta perdía el nombre. La jugada se desenvolvía ralentizada y yo agradecía el lento pasar del tiempo en aquella efectiva estrategia de ataque.</p>
<p style="text-align:justify;">Pasados dos minutos, o quizás dos vidas, ya pude verificar que lo que allí estaba ocurriendo, que lo que la noche me deparaba, nada tenía que ver con el sexo multitarea que tanto temía. Lejos de aquello, estaba siendo espectadora, y protagonista, de una mezcla perfecta entre delicadeza y pasión. Comprendí que lo que esa noche me ofrecía eran cuatro manos y dos bocas con sus correspondientes lenguas para trabajarme, y cuando esa idea me atravesó el cuerpo, decreté el fin de la racionalidad para entregarme sin condiciones a lo que quisiese venir.</p>
<p style="text-align:justify;">En un movimiento estudiado y casi imperceptible, Lucas deshizo el único nudo que ataba el vestido a mí, y este cayó por mis pechos abajo mostrándole a Damián la acertada ausencia de cualquier otro resto textil. Llevó los ojos desde los míos y hasta mi coño y pude ver cómo llenaba el pecho en un intento por controlar la respiración. O recuperarla. La visión me llenó de poder. Por primera vez fui capaz de detectar el deseo en el rostro de Damián, que hasta aquel momento había mostrado más interés por el vino que por su invitada.</p>
<p style="text-align:justify;">Procuré espacio para salir del vestido, ahora arrugado en el suelo, y aproveché para acercarme a la mesa animando a mi cuerpo desnudo a pasearse en tacones al ritmo que marcaban las nalgas y dejando a mis amantes detrás de mí. Aproveché el breve paseo para coger una copa de vino de la mesa. Cuando volví la vista, avanzaban Damián y Lucas, y en el instante en el que me alcanzaron, como en un movimiento coreografiado, ya estaban uno a la derecha y otro a la izquierda, esperando pacientemente mi siguiente movimiento. Levanté la copa, con la mayor sensación de poder jamás recordada, y la llevé hasta los labios pensando que, tal vez y de paso, apagaría la sed. Una gota de agua en la base de la copa cedió a la gravedad y cayó sobre uno de mis pechos. Servicial él, Damián se ofreció en silencio a limpiarla, pero no con la mano y sí con la lengua, que llevó desde el pezón hasta mi oreja en un recorrido que batió en mi vagina con una descarga eléctrica. Una vez arriba, fue acompañado por Lucas y, siguiendo la coreografía, iniciaron ambos a un mismo tiempo el baile de besos y lenguas sobre mí, repartidos a derecha e izquierda, simétricos. Las manos siguieron a los labios, la copa cayó al suelo, y entonces sí, empezó el sexo.</p>
<p>Excitada a niveles desconocidos, tuve que acercar mis nalgas hasta la mesa para no caer cuando aquellas dos bocas descendieron más allá de la cintura. En aquel instante, decidieron romper la simetría coreografiada para repartirse las tareas.. Y para ese punto del programa parece ser que me tocaba mover el cuerpo. Lo hicieron ellos por mí, no sin antes deshacerse de la ropa que sobraba hacía ya un buen rato. Me manejaron con cuidado hasta quedar yo cara a cara con Damián, que bajó una mano a mi entrepierna encharcada, abierta y dando paso. Pidiendo guerra. Me acarició los labios, los dos juegos, y me besó en el tercero, bajo la nariz. Sin ternura, vacío de romanticismos y libre de azúcar. Perfecto. Fue el más sexual y húmedo beso que nunca antes había recibido. Me sentía penetrada con cada golpe de lengua. Contrastando con la fuerza bucal, la mano que trabajaba mi coño nadaba suave desde el corazón latente del clítoris y hasta la entrada de la vagina en pasos cuyo ritmo no llegaba a distinguir. Para mí aquello era un todo. El sexo que me hervía desde abajo y la lengua que me batía bien arriba formaban parte de una misma energía sincronizada que me deshacía de placer. Tanto, que casi olvidaba que había otras dos manos en aquella estancia que sudaba tanto como yo. A mis espaldas, Lucas había acabado ya de acariciarme el cuello para entretenerse con la zona anal. Con el dedo corazón bien lubricado, dibujaba círculos alrededor del apretado acceso trasero con el claro objetivo de ganarle la batalla a mi instintivo mecanismo de defensa de tan delicada área corporal. Con la otra mano, moldeaba mi vientre derretido como una figura de cera. No había rincón en mí que no ardiese en llamas, vivas como mi deseo, calientes como mi coño, avivadas por el juego estratégico de cuatro manos, dos bocas&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">Tuve el primer orgasmo allí, en pie, junto a la mesa, entre aquellos dos cuerpos perfectos a los que tuve que echar mano para no caer al suelo. Eyaculé deshaciéndome de la energía acumulada en mí entre espasmos, temblores de piernas, gritos de placer y lágrimas de felicidad. Fue el primero.</p>
<p style="text-align:justify;">El siguiente no tardó en venir. Recuperada ya, pero aún con ganas, decidí en un arrebato de inspiración que sería yo la directora de orquesta para este segundo acto. Me acerqué al sofá caminando aún con dificultad y pude verme mínimamente reflejada en aquella ventana de dimensiones infinitas que dibujaba la vista de Santiago como en un cuadro a tamaño real. Me gustó lo que vi. Sobre todo lo que venía detrás: dos hombres excitados por obra y gracia de mi sexualidad, siguiéndome como dos fieles perritos.</p>
<p style="text-align:justify;">Le indiqué a Damián que se sentase. Pese a las ricas centollas de la cena y lo mucho que me afané en aprovecharle las patitas, sentía hambre, y era él, mi amante originario, quien podía calmarme el apetito. Rápidamente supo mis intenciones, tan pronto como dirigí la vista a su pene e hice asomar mi lengua. Puse las rodillas y las manos en el suelo, adoptando ahora yo el papel de perra, el culo bien arriba, invitando a Lucas a entretenerse por atrás.</p>
<p style="text-align:justify;">Chupé con ganas aquel perfecto miembro empujada por la satisfacción crecida en cada gemido de Damián. Gemía él cada vez que yo dejaba que aquel perfecto pene perfectamente lubricado tocase el comienzo de mi garganta. Gemía yo cada vez que Lucas me embestía desde atrás. Gemía Lucas cada vez que empujaba mi punto G, agarrado a mis caderas y marcando de alguna forma el ritmo de aquella nueva danza. Calientes, sudando, gritando, en un infierno de placer, con tal perfecta sincronía que los tres acabamos a un tiempo. Damián eyaculó en mi boca y Lucas en mi <em>fervenza</em>. Yo eyaculé sobre el suelo con un orgasmo indescriptible, sublime, fuera de toda normalidad.</p>
<p style="text-align:justify;">De nuevo sin consciencia, de nuevo temblando y vacía de toda fuerza, subí al sofá buscando un punto de apoyo. Encontré los brazos de Damián, que me acercó hacia él en silencio, con cariño. Cerramos los ojos con alivio, ya unidos, desnudos y deshechos. Tanto que ni siquiera fui capaz de percatarme de la ausencia de Lucas, desaparecido en un mutis imperceptible. Estábamos solos, por fin, mi amante originario y yo. Damián y Nela. Nosotros. Solos.</p>
<p style="text-align:justify;">Quedamos inmóviles hasta que el sol del amanecer y el toque de la Berenguela nos dieron los buenos días. Abrí los ojos, buscando realidad y alguna que otra respuesta a lo que me parecía un sueño. Encontré los de Damián, quien me regaló un beso húmedo. Aprovechamos la desnudez para, por fin, culminar aquello que me había llevado a su casa. Habíamos pasado la noche follando, y ahora tocaba hacer el amor. Fue sublime. El broche de oro de una cena a tres, de un post postre, de un final feliz&#8230;</p>
<p style="text-align:center;"><strong>FIN</strong></p>
<p style="text-align:justify;">
<h6 style="text-align:right;">foto | <a href="http://nevoaconfusa.blogspot.com.es/">Sara Solomando</a></h6>
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			<media:title type="html">Rendida_A_Baco</media:title>
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			<media:title type="html">Rendida_A_Baco</media:title>
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		<title>Arrodillada</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Mar 2013 11:07:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nela Bernal</dc:creator>
				<category><![CDATA[RELATOS]]></category>

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		<description><![CDATA[[accede a la versión en gallego] Ni siquiera notaba que mis piernas, en su límite de flexión, habían decidido no ser más mías. Ni siquiera me importaba no sentirlas porque tenía corazón, cabeza y fervenza concentrados en otro cuerpo. Ni siquiera sabía<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=afervenzadosur.com&#038;blog=23641593&#038;post=3829&#038;subd=afervenzadosur&#038;ref=&#038;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<h6 style="text-align:right;"><a href="http://afervenzadosur.com/axeonllada/">[accede a la versión en gallego]</a></h6>
<p style="text-align:justify;"><img class="aligncenter size-full wp-image-4038" alt="arrodillada" src="http://afervenzadosur.files.wordpress.com/2013/03/arrodillada.jpg?w=710"   /></p>
<p style="text-align:justify;">Ni siquiera notaba que mis piernas, en su límite de flexión, habían decidido no ser más mías. Ni siquiera me importaba no sentirlas porque tenía corazón, cabeza y <i>fervenza</i> concentrados en otro cuerpo. Ni siquiera sabía quién era yo o quién era él, porque estábamos en un extraño y placentero estado de unidad. Dónde acababa su pene y dónde comenzaba mi boca&#8230; Ninguno lo sabía ya…</p>
<p style="text-align:justify;">Pese a la sumisión voluntaria que me había llevado a arrodillarme ante él y el esfuerzo incansable por satisfacer sus deseos, una sensación de absoluto poder dominaba mi cuerpo sudoroso y empujaba mi lengua contra aquel trozo de carne crecido, firme y latente. Mis manos en sus piernas, duras y fuertes. Mis ojos en los suyos, encendidos de placer. Sus manos acariciándome la cabeza, marcando delicadamente el ritmo de mi succión. En pie él, en aquella habitación, lo miraba yo con total deseo y admiración. Desde el suelo, lo veía grande y fuerte, y aquella visión no hacía sino alimentar mi hambre. Lo saboreaba en cada chupada desde bien abajo y dibujaba con la lengua las venas que recorrían su polla amenazando con reventar.</p>
<p style="text-align:justify;">Me gustaba jugar a hacerla llegar bien atrás, bien al fondo, hasta la puerta de entrada de mi garganta, retándome a controlar las arcadas mientras mis labios se felicitaban, con la boca ya llena, por poder tocar su cuerpo sintiendo las cosquillas de aquel camino de pelo que le bajaba desde el ombligo. Unas veces rozaba la campanilla con ella. Otras, dejaba que empujase desde dentro la carne de mis mejillas y comprobaba con cada gemido que él disfrutaba con aquel juego.</p>
<p style="text-align:justify;">Con las rodillas luchando contra el suelo, mi <i>fervenza</i> había empezado también a dibujar movimientos en el aire como recibiendo el empuje que sentía yo en la boca. No sabía si por el sudor o por la propia excitación, por mis piernas separadas y tensas corría la humedad en forma de gotas, marcando un camino muslo abajo y, lentamente, muriendo al contacto con la madera. Era un reloj que daba los segundos, recordándome que el tiempo pasaba y que en algún momento recibiría por fin ese preciado maná.</p>
<p style="text-align:justify;">Me sentía poderosa viendo aquel hermoso cuerpo tan grande y fuerte temblando de excitación por mí. Una mano suya en la pared buscando el equilibrio. La otra bien amarrada a la trenza de mi pelo, marcando el ritmo de succión. Me gustaba comerlo con fuerza suficiente como para hacerle creer que me follaba la boca, con los labios rozando aquel pedazo de carne y la lengua jugando libremente y dando saliva. Poderosa pese a la sumisión. Poderosa pese a la dominación.</p>
<p style="text-align:justify;">Ya empezaba a notar su sabor. Esas primeras entregas preseminales que mi lengua degustaba con más pasión que dulzura y con toda la sed de la que mi garganta alertaba. Demandaba beber, y por eso me afanaba yo en chupar. Empezaba a ver ciertos espasmos en el cuerpo de mi amo y señor, que se combinaban con mis acompasados movimientos de cabeza. Los deliciosos ruidos que escapaban de su boca poco tenían que ver con el nombre que pronunciaba entre afirmaciones momentos antes. Decía mi nombre con deseo recreándose en cada una de las consonantes y vocales sabiendo bien de la excitación que me imprimía. ‘Nela’. Y mis piernas se tensaban. ‘Nela’. Y yo lamía con más afán. ‘Nela’. Y mi <i>fervenza</i> se dilataba y humedecía amenazando con dejar escapar la poca consciencia que me restaba. ‘Nela’. Y moría de placer.</p>
<p style="text-align:justify;">Cuando supe que por fin bebería, subí los ojos para ponerlos en los suyos y comunicarle mi sumisión. Me correspondió informándome de la inminente explosión sexual. Dejé que cogiese las riendas de su desbocado miembro mientras mis manos abandonaban sus muslos para caminar hacia mi entrepierna. Mi clítoris suplicaba por explotar y mis labios vaginales abrían paso al movimiento de mis dos dedos centrales, ya dentro, ya jugando con mi dilatado punto G, ya buscando una liberación que venía en camino. Pulsé con ganas y de forma automatizada, pues la poca consciencia de la que disponía estaba centrada ahora en mi sedienta garganta, en mi boca abierta, en mis ojos sumisos esperando que el trabajo manual de mi amo y señor sobre su pene, al límite de excitación, exprimiese todo aquel zumo vital y lo dejase escurrirse por mis labios, por mis mejillas. Los ojos arriba, la lengua fuera, las piernas abiertas, mi vagina a punto, mi amo en pie, yo arrodillada, sus manos trabajando y la habitación sudando, oliendo a sexo, a pasión, a unidad, a ganas, a felación, a fuego y a semen&#8230; El semen que recibí con los labios, el que noté recorriendo la garganta, el que saboreé con la lengua y sentí en la cara mientras por mi <i>fervenza</i> se escapaba aquel último pedazo de consciencia, rendida al orgasmo&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">Muerta de placer, dejé caer el peso de mi cabeza hasta encontrar apoyo en la pierna de mi amo y señor, que me acariciaba el pelo dando las gracias, aprobando que me rindiese a su dominación. Y yo allí, a sus pies. Rodillas en el suelo. Sumisa. Arrodillada, mas llena de poder.</p>
<p style="text-align:justify;"><strong>Nela.</strong></p>
<h6 style="text-align:right;">foto | <a href="http://www.flickr.com/photos/rh2ox/with/6238571979/#photo_6238571979" target="_blank">r2hox</a> (vía<a href="http://www.flickr.com"> Flickr</a>)</h6>
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		<title>Abre. Escupe. Mátame ya.</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Mar 2013 11:05:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nela Bernal</dc:creator>
				<category><![CDATA[RELATOS]]></category>

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		<description><![CDATA[[accede a la versión en gallego] - Abre. Y abro. Automáticamente. No yo sino esa parte de mí que él controla. Un cuerpo en sus manos y una mente a sus órdenes. Mientras separo los labios y le muestro, sumisa,<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=afervenzadosur.com&#038;blog=23641593&#038;post=3821&#038;subd=afervenzadosur&#038;ref=&#038;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<h6 style="text-align:right;"><a title="Abre. Cuspe. Mátame xa." href="http://afervenzadosur.com/relatos/abre-cuspe-matame-xa/">[accede a la versión en gallego]</a></h6>
<p><img class="aligncenter" title="beizos_relato_abre" alt="" src="http://afervenzadosur.files.wordpress.com/2012/10/beizos_relato_abre.jpg?w=441&#038;h=293" width="441" height="293" /></p>
<p style="text-align:justify;">- Abre.</p>
<p style="text-align:justify;">Y abro. Automáticamente. No yo sino esa parte de mí que él controla. Un cuerpo en sus manos y una mente a sus órdenes. Mientras separo los labios y le muestro, sumisa, mi suplicante lengua, puedo sentir como las puertas de mi <i>fervenza</i>, mi otro juego de labios, erectos, como dos cuchillas, cortan el tapizado del coche. Separo las rodillas en un movimiento instintivo dejando que mi estrecha falda dé de sí con el empuje de los muslos e invitando a mi amo y señor a pasar.</p>
<p style="text-align:justify;">No me toca, pero está suficientemente cerca como para inhalar su aliento a través de mi boca ya abierta, tal como él me había ordenado. Cierro los ojos segura del precipicio hacia el que me dirijo sin control. Tal vez ya empecé a caer. No sé. De lo que sí estoy segura es del fuego que, encendido más allá de mi ombligo, me quema hasta las mejillas. Su aliento es para mí una lenta tortura que no hace sino excitarme más a cada golpe de respiración. Al compás de mi acelerado corazón, me late entre las piernas un clítoris vivo y crecido. Sediento como yo, que siento la lengua pegada a las paredes de mi boca mientras mantengo los labios separados. Así me lo ordenó el.</p>
<p style="text-align:justify;">No tarda en regalarme un alivio. En el instante en el que mis ojos se encuentran con los suyos, oscuros y viciosos, encendidos y hermosos, los ruidos de la calle callan y el tiempo para. Pienso que dejé de respirar. No lo sé, me siento fuera de control, no soy más que una muñeca en las manos de mi amo y señor. Abre la boca y enseguida veo cómo trabaja con la lengua, buscando ese preciado maná por el que yo suplico en silencio. Aprieta los labios y entonces sé que lo va  hacer. Revuelvo un poco más las piernas, recordándole la invitación, y él la acepta justo en el momento en el que me escupe en la boca y explotamos. Su saliva en nuestras lenguas ya unidas en un beso húmedo y sublime. Su mano izquierda en mi nuca, apretándome contra él, en una jaula de placer de la que no quiero escapar jamás. La derecha, trabajando con eficacia entre las piernas, sin rastro del tanga que acertadamente había guardado en el bolso horas antes. Dos dedos empujando con eficacia mi dilatado punto G y el resto de la mano regalándome violentas caricias en los labios vaginales, en mi crecido clítoris, en mi ahora abierta <i>fervenza</i>&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">Empujo el techo con mis manos segura de que explotaré mientras el coche, encogido, se hace más y más pequeño. Lengua contra lengua, dedos contra vagina, manos contra el techo y yo muriendo … de calor… de deseo… de lo exquisito que es mi amo y señor… mientras me retuerzo y grito, despreocupada de las miradas ajenas que convertimos en aliadas de nuestra excitación… grito… grito… puedo sentir la sangre corriendo por mi cuerpo abajo, hacia mi <i>fervenza</i> abierta, gelatinosa, deseosa de romper… el placer es insoportable y el sudor se hace vaho mientras baja por el cuello, buscando mis pechos también desbocados&#8230; y muero. Muero cuando siento un chorrazo de vida marchar por entre las piernas, en un orgasmo que me mata, que nos mata, mientras aprieto mi lengua contra la suya en espasmos incontrolados y lloro de alegría, con la consciencia a medias, con los ojos cerrados y el cuerpo ajeno … Con él. Por él. Suya por siempre…</p>
<p style="text-align:justify;"><strong>Nela.</strong></p>
<h6 style="text-align:right;">foto | <a href="http://www.flickr.com/photos/cadampol/" target="_blank">Carlos Adampol</a></h6>
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			<media:title type="html">Abre</media:title>
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			<media:title type="html">nelabernal</media:title>
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			<media:title type="html">beizos_relato_abre</media:title>
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		<title>Playa de sal y empanada de millo</title>
		<link>http://afervenzadosur.com/2013/03/28/playa-de-sal/</link>
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		<pubDate>Thu, 28 Mar 2013 11:03:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nela Bernal</dc:creator>
				<category><![CDATA[RELATOS]]></category>

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		<description><![CDATA[[accede a la versión en gallego] En la mesa, jarras y dedales de licor café a medio beber, restos de una  empanada de millo e incontables colillas consumidas. En mi cabeza, la justa medida de consciencia para ver la escena,<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=afervenzadosur.com&#038;blog=23641593&#038;post=3811&#038;subd=afervenzadosur&#038;ref=&#038;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<h6 style="text-align:right;"><a title="Praia de sal e empanada de millo" href="http://afervenzadosur.com/praia-de-sal/">[accede a la versión en gallego]</a></h6>
<p><a href="http://www.flickr.com/photos/aprendizdeamelie/4206491570/" target="_blank"><img class="aligncenter" title="'Y la luz dorada sobre tu piel' (Julia Antonio, 2009)" alt="'Y la luz dorada sobre tu piel' (Julia Antonio, 2009)" src="http://afervenzadosur.files.wordpress.com/2012/03/juliaant1.jpg?w=588&#038;h=366" width="588" height="366" /></a></p>
<p style="text-align:justify;">En la mesa, jarras y dedales de licor café a medio beber, restos de una  empanada de millo e incontables colillas consumidas. En mi cabeza, la justa medida de consciencia para ver la escena, pero nada más: ni pensar, ni hablar, ni tan siquiera mover el cuerpo. Sí la cabeza, pesada como el hierro, para notar otra presencia. Durmiendo en el mismo sofá, en sentido opuesto a mí, como si me mirase en un espejo. El pelo azabache resbalándole hacia el suelo; los labios rojos, encendidos, separados; los restos de salitre tatuándole las mejillas por debajo de los ojos y cambiando de forma con la respiración que, intensificada por momentos, le separaba la blusa –abierta, como descuidada- a cada golpe de aire. Súbitamente, me invadió el deseo de limpiársela con la lengua. Me incorporé, poseída por el instinto. Me conformé, sin embargo, con ponerle una mano en la rodilla. Estaba caliente, pero no menos lo estaba yo, que ya podía notar una marea febril fervendo por el sur y enrojeciéndome el rostro. El sol de la playa de aquella tarde había abierto el camino. El licor café y los manjares de la tierra habían hecho el resto. Luchaba por no explotar en llamas pero no encontraba otra vía para apagarlas que no fuese acercarme a ella y dejarme ir hacia donde mis instintos me empujaban con una fuerza descontrolada. Decidí hacerlo. Pero lentamente&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">En una acción a cámara lenta, mi mano ascendió por aquel muslo de seda, resbalando ella y recreándome yo en cada rincón, en cada peca, en lo dulce y apetecibles que se me mostraban las prietas carnes de mi musa, mi repentino, y en parte desconocido, objeto de deseo. Alcancé el pliego de sus nalgas y cerré los ojos. De no hacerlo, habría perdido la consciencia entre sofocos y latidos desbocados. Tomé aire y mi mano continuó el camino hacia lo salvaje, perfilándole el cuerpo, sinuosas caderas bailando al ritmo de los pulmones y reducida cinturita, la braga del bikini huyendo del raído pantalón playero y restos de arena en aquel obligo perfecto. Mi paso por sus brazos no fue más que un trámite para alcanzar los botones de la camisa, que se abrieron sin protestar a mis órdenes, uno tras otro, hasta enseñarme los pechos de la musa dormida en su perfecto contexto. Más tatuajes de salitre, más calor y pecas, más deseo y calentura, más seda resbaladiza llamando a mi mano ya perdida entre las redondeces de los pechos y resistiendo los golpes de respiración&#8230; Para seguir ascendiendo, no sin antes recrearme en aquellos pezones que casi perforaban, por efecto del destape, las telas de un minimalista traje de baño que ya sobraba. Quemada por el sol de la Costa da Morte y con sabor a mar, aquella piel era el lienzo perfecto para dibujar tan inéditos como soñados deseos míos que por fin luchaban por salir de aquella prisión onírica.</p>
<p style="text-align:justify;">Una chispa me despertó de mi momentáneo letargo al contacto de mis dedos con sus labios. Estaban húmedos como la habitación y latían, o latía yo, con el pulso derretido. Con el extremo de mi anular, y con un roce casi invisible, recorrí la boca de mi amiga dibujando una apertura que descubrí perfecta pata encajar mi lengua. Lo visualicé con gusto y enseguida me invadió el placer. ¿Qué no sentiría de hacerlo real? Mi <i>fervenza</i> estaba viva como nunca y mi boca sedienta suplicaba continuar el camino iniciado, acercarse a esos otros labios dormidos y liberar tanta excitación acumulada. Así lo hice, fuera de mí, sofocada y con un delicioso temblor de piernas. Me supo a sal, a empanada de <i>millo</i>, a una tarde en la playa, a dedales de licor café, a años de confidencias y secretos, a crema de moras&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">Abrí los ojos y pegué un salto. Frente a mí, y cortando como cuchillos, quemando como dos cerillas, los ojos de mi musa, clavados en los míos, haciendo daño, con un tinte de sorpresa e incerteza&#8230; Me asusté&#8230; Ella no: acercó su mano a mi cara en un segundo que me parecieron mil, con su rostro también enrojecido: ardía con el enfado o de excitación <i>fervenceira</i>? Tuve que esperar a que me tocase para saberlo&#8230;</p>
<p><a href="http://www.flickr.com/photos/aprendizdeamelie/3450811857/in/set-72157610932965681" target="_blank"><img class="aligncenter" title="'Deslízate' (Julia Antonio, 2009)" alt="'Deslízate' (Julia Antonio, 2009)" src="http://afervenzadosur.files.wordpress.com/2012/03/juliaant2.jpg?w=392&#038;h=543" width="392" height="543" /></a></p>
<p style="text-align:center;"><strong>[parte II]</strong></p>
<p style="text-align:justify;">… pero lo supe enseguida. En los dos segundos que se demoró en echar una mano a mi nuca, atar sus dedos a mi cabello y regalarme un suave y exquisito beso. Fue como imaginaba. Húmedo, caliente y salado. Me supo al mar en el que horas antes nos deleitábamos entre inocentes juegos. Aquellas manos que me habían untado en crema jugaban ahora en mi cuello. Aquellos labios con los que había compartido secretos mojaban los míos al contacto con las lenguas. Aquel traje de baño que habíamos comprado juntas en las rebajas empezaba ya a desaparecer, sus pechos al descubierto y nada bajo la cintura, los pantalones en el suelo y la braga en las rodillas, abriéndole paso a mis manos hacia su vagina, amigable y receptiva, ardiendo como yo. Recorrí de nuevo aquel camino muslo arriba para esta vez desviarme hacia el centro, hacia el corredor de placer, hacia su ardorosa entrepierna que estaba deshecha de calor. En la mía se cocinaba un caldo de placer, la notaba yo caliente y empapada, y la movía al ritmo que me marcaba su acelerado pecho. Con ese mismo compás acariciaba dulcemente su sexo, abierto como una flor, a punto de reventar, y mis dedos se deslizaban hacia abajo, empujados por el flujo de la excitación. Y por la fuerza de sus pechos bailaba mi lengua, que entonces ya dibujaba círculos en sus pezones, rosados, hermosos, exquisitos y sabrosos. Su cuerpo ya no le pertenecía pero, en un esfuerzo por controlarlo, dobló la cintura y acercó su boca hacia mí, susurrándome algo al oído, no sin dificultad. Para pronunciarlo ella, para entenderla yo, entre tanta respiración y ráfagas de excitación astronómica.</p>
<p style="text-align:justify;">‘Picarona’… le pude entender …</p>
<p style="text-align:justify;">Ella disfrutaba con mis acompasadas entradas en su coño, y así lo demostraba retorciendo las piernas, mordiendo los labios, tocando sus pechos como queriendo arrancarlos de aquel cuerpo ya fuera de si, gritando de placer&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">Yo miraba aquellas piernas abiertas con la mayor excitación del mundo y un punto de curiosidad. Su sexo era hermoso, estaba vivo y se abría en una deliciosa erección. Se me mostraba apetecible y no esperé para probarlo. Lejos de mis prejuicios o miedos, fue una acción que se me antojó perfecta en su total normalidad. Y así como mi <i>fervenza</i>, convertida en caldo, me dio la orden, respondí acelerada y metí la lengua en aquella golosina rosada, la saboreé desde donde se unía con las nalgas hasta donde dibujaba una mínima vegetación púbica. Lentamente al principio, por ver la reacción. Más piernas retorcidas, la boca mordida y los gritos de placer rompiendo el silencio de la noche fueron suficientes para que elevase el ritmo de mi comida, hundiendo la nariz entre todos los labios de aquel maná, de aquel paraíso de placer, empapándome de su dulce licor que, lejos de apagar la sed en mi garganta, encendía mi excitación, mi esfuerzo y el ritmo de mis pulmones.</p>
<p style="text-align:justify;">Ella gritaba y yo embestía, y cuando noté que aquello explotaba levanté la mirada para verle la cara, aquel rostro roto de placer, aún más hermoso mientras el cuello se retorcía hacia atrás. Quise besarla en aquellos instantes en los que se acercaba al final del trayecto. Con una mano rebuscaba yo entre sus piernas la llave que le abriese las puertas a aquella imparable marea. Un dedo para estimularla y hasta cuatro para penetrarla. Con la otra, la agarré bien del cuello para comerle la boca. Literalmente. Y ella buscaba hacer lo mismo, pero ni la lengua ni los labios eran ya suyos. Se guiaba por alguna fuerza que, desde dentro, la convertía en muñeca de cera, derretida por momentos, retorcida en cada golpe de mi mano dentro de ella, y fuera, y dentro, y mi lengua luchando con la suya y mojando, como mojaba también su coño, abierto, vivo, roto, erecto, empapado de su licor, grande más grande, inmenso, explotando&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">Me explotó en las manos. Y su orgasmo fue ensordecedor, una bomba de alegría por la que mi amante lloró. Lloró mientras daba las gracias. Y al mismo tiempo soltaba carcajadas que me llenaron de felicidad, pero que no me hicieron olvidar el caldo que hervía entre mis piernas y que suplicaba por huir de mí. Algo había que hacer. Y ella lo sabía. Y me lo hizo saber. Me acomodé en el sofá y separé las piernas. Era mi momento&#8230;</p>
<p style="text-align:center;"><a href="http://www.flickr.com/photos/aprendizdeamelie/3182764863/"><img title="'Pensarte' (Julia Antonio, 2009)" alt="'Pensarte' (Julia Antonio, 2009)" src="http://afervenzadosur.files.wordpress.com/2012/03/pensarte.jpg?w=300&#038;h=300" width="300" height="300" /></a></p>
<p style="text-align:center;"><strong>[parte III]</strong></p>
<p style="text-align:justify;">Para sorpresa y alivio de mi deseo, pude ver como mi picarona volvía en sí al tiempo que dejaba de ser yo para rendirme a lo que ella quisiese. Así que cerré los ojos y cuando todo lo que podía ver era ya oscuridad, descubrí que no había más ruido que el de mi piel respirando sudor y de mis nalgas rozándose contra las telas de un sofá que no me daba alivio. Y los gritos de auxilio que huían de mis labios <i>fervenceiros</i>, los del sur, pidiendo lengua ajena que bebiese todo aquel zumo que resbalaba por mi encendida vagina. Necesitaba ser penetrada de urgencia, aún mantenía el ritmo de las embestidas prendido en mi cuerpo y movía las cachas en leves círculos buscando fricción…</p>
<p style="text-align:justify;">Cuando abrí los ojos me descubrí sola. Tuve que pestañear y pienso que lo hice al compás de mis latidos acelerados golpeando en el pecho, retumbando en mi coño. No había más rastro de mi amante que la mojadura en el sofá y el olor a sexo. Dudé por un instante de falsas ilusiones inducidas por el traicionero licor café y me vi incapaz de levantar la cabeza por miedo a no poder recuperar el sueño justo donde lo había dejado. Así que volví a la oscuridad por dos segundos. Esperé. Esperé un poco más, y cuando me decidí a despertar e incorporarme ya las manos de mi amante empezaban a trabajarme desde el ombligo.</p>
<p style="text-align:justify;">No había suavidad, ni delicadeza, ni romanticismo. Aquello era salvaje, y tal como venía lo recibía yo con alivio de la realidad y con deseo. Había química. Todo entre nosotras era química. Un exitoso experimento de resultados excepcionales. Bajó al suelo, rodillas contra la madera, y me acercó hacia ella agarrándome de las nalgas. Ella tenía hambre y yo necesitaba ser comida. Ella quiso comer, yo quise jugar. Mientras me acomodaba, hice un rápido movimiento con mis piernas para juntarlas y ella reaccionó rápido, intentando abrir a la fuerza las puertas de mi placer. Me resistí y elevé mi excitación al techo mientras mi amante me hundía sus dedos en mis rodillas con una fuerza a la que pronto me tuve que rendir. Tiró de mí y enseguida me vi el en suelo, tendida, y ya no pude hacer más que dejarme&#8230;</p>
<p style="text-align:justify;">Dejé que me arrancase la ropa, que me abriese las piernas, que metiese la cabeza entre ellas, que acariciase mi clítoris con su lengua, que me daba descargas en cada toque. Cuando me quise dar cuenta, ya había empezado yo a soltar gritos de placer que no eran míos sino del fuego que me quemaba dentro. Dejé que comiese, que lamiese, que separase los pliegos de mi vulva para llegar más profunda, hundir su cara en mí, sus labios contra mis labios a punto de reventar. Pero aún no. Me guardaba alguna sorpresa más antes de que mi corriente finalmente desembocase en un mar de placer.</p>
<p style="text-align:justify;">Cuando pensé que ya no podía gritar más, me levantó una pierna mientras se encajaba ella en mi cuerpo uniendo su vagina a la mía para rozarse, y entonces la pude ver cabalgándome, hermosa, fuerte, con un acelerado movimiento de caderas y sus pechos, desnudos, desbocados a cada golpe. Tuve que escoger entre gritar o respirar y sentí que me ahogaba entre espasmos corporales, descontrolados, muriendo de gusto, derritiéndome, arañando la madera del suelo, luchando por mantenerme dentro de mí. Me gustaba verla entregada, trabajando al mismo tiempo que controlaba cada movimiento, cada fase de nuestro encuentro. Me gustaba que me follase de una forma tan salvaje y deliciosa, dibujando con su vagina las formas de la mía…</p>
<p style="text-align:justify;">Comprobó que estaba cerca de desembocar y entonces saltó fuera de mí para coger algo que había dejado en la mesa. Me dio la vuelta sobre el suelo y yo me puse a cuatro patas mostrándole todo mi sexo desde atrás, invitándole a pasar cuando desease. A que pasase, pero ya. Pasó un brazo por mi cintura casi obligándome a incorporarme y entonces decidió la postura con la que el mundo finalmente implosionaría. De rodillas las dos pero incorporadas, ella detrás de mí, sus dos manos en mi ombligo. De repente, sólo una. Y con la misma rapidez, algo duro y frío me penetró como una cura de placer. Y salió, y de nuevo dentro friccionando contra mi erección. Mi amante manejaba el juguete con esa mano desaparecida. Los dedos con los que vigilaba mi obligo fueron bajando hasta mi vello púbico para seguir estimulando. Con una mano por delante, otra por detrás, yo notándola en mi espalda, el vibrador haciendo su trabajo y yo mordiendo los labios de pura excitación, mi vagina no tardó nada en abrirse y dejarse ir por el camino natural, el del orgasmo, desde dentro y resbalando piernas abajo, mientras mi cuerpo, bien amarrado, actuaba por espasmos.</p>
<p style="text-align:justify;">La fuerza que me empujaba me abandonó y me hizo caer sobre mis manos. De nuevo a cuatro patas, para finalmente dejarme caer en el suelo, casi sin sentido, entre sonriendo y esforzándome por vivir. Había llegado. Yo. También ella. Ya nada más importaba.</p>
<p style="text-align:justify;">Cuando recuperé el sentido eché un vistazo al salón. En la mesa, jarras y dedales de licor café a medio beber, restos de una empanada e incontables colillas consumidas&#8230; A mi lado, ella, mi amante, mi picarona, con la mirada escondida tras cabellos salados. Los dibujos del mar que tatuaban su cuerpo horas atrás, se habían ya borrado, pero comprobé que sus labios aún sabían a mar. Y a <i>millo</i>&#8230;</p>
<p style="text-align:center;"><strong>[FIN]</strong></p>
<h6 style="text-align:right;">fotos | <a href="http://www.flickr.com/photos/aprendizdeamelie/" target="_blank">Julia Antonio</a></h6>
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